jueves, enero 20, 2005

I. LA PROMINENTE LUCHA DE UNA NACIÓN QUE NO EXISTÍA


"¡sí! --El sentimiento-- aquí, de noche, libre, con el motor en marcha
y la adrenalina fluyendo, navegando por las glorias de neón de la nueva noche americana --era divino pertenecer a la primera ola de los chicos
más extraordinarios de la historia del mundo-- sólo 15,16, 17 años, vestidos con la de las camisas oxford color rosa,
los pantalones ajustados, los cinturones de serpiente de centímetro,
los zapatos flexibles --con toda la potencia 6-en-línea y V-8 debajo y todo el embeleso de neón arriba, que en cierto modo enlaza con la superepopeya tecnológica del reactor, de la tele, de los submarinos atómicos,
de los vuelos ultrasónicos --barrios residenciales norteamericanos de postguerra-- ¡glorioso mundo! Y al diablo las sandeces intelectuales sobre la ramplonería de la civilización norteamericana...
No podrían saber cómo era porque si no tendrían cultivado en su interior
--el sentimiento-- ¡de ser auténticos superchicos! La primera generación de diablillos del mundo --sintiéndose inmunes,
más allá, por encima, de la calamidad."
(Wolfe, 1978, p. 51)

1.1 Ecos extraños de un paraíso derrocado.
Sólo en los desiertos se perciben los silencios y sus ecos. Asómense pues a las ventanas de la historia, por ese extraño y profundo agujero en la barda social, que permite ver como se revuelven los tiempos, cual remolino, en el campo minado y posatómico de las culturas, donde ha quedado todo, seco e inmóvil, listo para recordarse. Pues bien, vean con dureza analítica sus estragos y comprueben con su saliva cuan áridos quedaron los vientos. Siéntanlos bien, porque en medio de tantas dunas y soledad ha crecido una gran tribu, la raza mezcla de razas, la estirpe de los hombres nacidos de Babel, para perder: Norteamérica.
Basta con que nos sentemos un instante y probemos las aguas de esta historia para que entendamos como se llenaron de sustancias radioactivas y mutantes las palabras que engendraron un gran virus, el virus de virus: la posmodernidad.

1.1.1 Futuros más lejanos que la imaginación.
Un pedazo de tierra, grandes consciencias y mucha locura, es lo que se necesita para construir una de las más insólitas y caóticas maravillas de los tiempos modernos: Estados Unidos de Norteamérica.
La construcción de los textos y el abandono de las tierras baldías son historias paralelas, ya que las experiencias, necesidades y esperanzas de un pueblo se tornan símbolos artísticos que engloban y reflejan "el alma y la conciencia de una nación"(Skard, 1966, p. 91). Los tiempos cantan y sabiamente nos recitan: hoja por hoja, letra por letra se construyen las historias, los días no cantan, pero piensan y nos dicen que éstas son sus dualidades y sus hechos:
Poco después de 1660, aquellos colonizadores, que alguna vez llegaron buscando refugio temporal entre el mar y las montañas de la costa este de América, desarrollaron confianza en sí mismos y se hicieron rápidamente de los instrumentos de la vida intelectual (como lo son las imprentas, librerías y bibliotecas), lo cual les permitió traspasar el sombrío sentido de destino religioso que pesaba sobre sus cabezas y tomar las ideas optimistas de la ilustración racionalista.
Ahí, en medio de tierras nuevas, bellas pero horrorosamente solitarias, evocaron los nuevos americanos las ideas de libertad y dignidad humana, dotando de un nuevo significado los conceptos de Presente, Pasado, Naturaleza, Dios y, sobretodo, el de Hombre y Sociedad. Ahí también construyeron sus mitos y percibieron los problemas de la existencia humana. De igual forma, supieron que sus destinos vagaban por los contrastes otorgados por la falta de autoridad que abogara por sus nombres.
La dualidad siempre es complicada y en su caso comunicó incertidumbre en la búsqueda por identificarse y autorrealizarse entre las sombras costumbristas de dos mundos en expansión. La nación aún no existía, la lucha contra las fuerzas de la naturaleza era intensa, sin embargo, las contribuciones americanas antes de 1776, se limitaban a forjar instituciones e ideas. Los hombres de fe y de acción eran los que dominaban la escena política y literaria, al igual que sus retratos el arte. El idealismo místico del teólogo Jonathan Edwards luchaba contra la desesperanza; el realismo popular de Benjamin Franklin equilibró el patetismo democrático de Thomas Jefferson. Esta lucha y equilibro hacían de la prosa y la poesía "procesos" imitativos sin sabor distintivo. No obstante, había sus excepciones, tal es el caso del puritano Edward Taylor quien remontaba el vuelo del espíritu por encima de la sencillez y el del revolucionario Philip Freneau quien combinó el romanticismo británico con el primitivismo americano, cuya influencia se hizo patente hasta después de 1990.
Las murallas del nuevo estado, abrieron sus puertas a los oprimidos inmigrantes que esperaban recibir algo más que un terreno en el milenario Jardín del mundo. Por su parte, miles de puritanos salieron en "busca de una tierra bárbara y abandonada del mundo que les permitiera vivir a su manera y orar a Dios en libertad"(Tocqueville, 1984, p. 56). El Oeste cobró significados místicos al crear un nuevo hombre tan inocente y sabio como Adán. La historia recibe una nueva oportunidad, al abrirse la primera escuela de pintura, que permitió reproducir el cruce de los pioneros por las montañas de Cumberland o los botes cazadores deslizándose entre las aguas del Misuri.
Los conflictos arraigados salieron a flote y se agudizaron de nuevo, tensiones regionales y los antiguos criterios fueron desafinados por la enraizada democracia y el materialismo de los recién llegados. El horizonte cambiaba rápidamente. La nación crecía y se distorsionaba tan aprisa que necesitaba más que simples pintores costumbristas, necesitaba en pocas palabras, intérpretes de la vida, es decir, una literatura nacional que develara los significados de las nuevas realidades al ordinario hombre americano.
Todo cambiaba rápidamente, incluso antes de la Guerra Civil, los americanos intentaban construir su casa en medio de avalanchas y disparos, los gobernantes, por su parte, estaban aferrados a la estabilidad, su americanismo no representaba más que una pequeña adición a su cultura británica. Todo, incluso el romanticismo europeo, era domesticado en la democrática América, por el racionalismo, los ideales clasistas y la moral cristiana. Las características nacionales eran tratadas con tal timidez que escritores como Washington Irving, William Cullen Bryant y John Greenleaf Whittier, por más que criticaban y creaban a muchos de los héroes de los libros de texto, no proyectaban más que una nación limitada y poco conocida, hecha muy a la medida y gusto de la Europa decadente.
La ciudad de Dios en el mundo, se lleno de puritanos que veían el tiempo como una progresión hacia el cumplimiento de los designios de Dios en la tierra. Esta doctrina, tanto religiosa como política, que pretendía fundar la "Nueva Canaán" (Rodríguez, 1994, p. 18), es decir una sociedad inspirada en la Biblia en la rústica Norteamérica, fue la influencia de la literatura durante el siglo XVII, en la que se abarcó biografías, tratados, relatos de viajes y sobre todo sermones muy poéticos. En este periodo destacó, Anne Bradstreet (1612-1672) cuya poesía expone sus sentimientos entorno a su familia y la religión. Para Bradstreet, la religión es empleada como defensa ante los peligros de la vida en el nuevo mundo.
Inmigración, políticas opresivas, y un sin número de cultos fueron las constantes de los nuevos cambios. La búsqueda por obtener derechos, libertad e independencia los llevó, como ya sabemos, a conseguir la misma el 4 de julio de 1776. Los ideales de esta época, fueron encarados por Benjamin Franklin (1706-1790) quien en su Autobiografía, describió de forma rica y veraz la vida en las colonias durante el siglo XVIII. Franklin perteneció a la época de escritores como Daniel Defoe, en las que uno podía crearse una vida cómoda y ordenada con los materiales que tenía a su disposición. Tomas Jefferson (1743-1826) conjugó en sus Notas sobre el estado de Virginia la observación directa y la curiosidad científica, que tuvo una influencia formativa en la literatura y en el pensamiento de la nueva democracia.
Las obras literarias de la época colonial y revolucionaria son más de carácter público y propositivo que literario, pues destaca el mundo social, político y luminoso de una Norteamérica llena de esclavos, criminales, e indios que "desconocían" la más mínima noción de sentido común.
Durante el periodo posrevolucionario, la figura más importante fue Charles Brockden Brown (1771-1810), precursor del espíritu gótico y en cuya obra, la combinación de horror, melancolía, aborígenes y personajes psicóticos, refleja las contradicciones de la naciente sociedad norteamericana. Sus seis novelas: Wieland (1798), Ormond (1799), Edgar Huntley (1799), Arthur Mervyn (1800), Clara Howard (1801) y Jane Talbot (1801) intentan controlar la realidad, no obstante, la existencia confronta la desolación en medio de una pesadilla fascinada por la naturaleza humana y su terrible adoración a los sentidos.
El descubrimiento de contradicciones llevó a los escritores del siglo XIX, a preocuparse por descifrar el significado de su nación, de su destino, y de sus promesas. América ya era una leyenda, una obsesión. Representaba una respuesta al futuro y la única alternativa para el futuro de la humanidad. A pesar de, la experiencia retrataba la nación como un espacio frágil y lleno de ansiedad en el que sus habitantes deseaban comprender, explorar y moldear su hábitat. Poetas como Henry David Thoreau (1817-1862), Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882) y Harriet Beecher Stowe (1811-1896) condenaron la esclavitud y el servilismo individualista de los sureños.
Las fronteras entre lo salvaje fueron atravesadas. El Oeste se vuelve la región legendaria llena de héroes y aventuras. América, la nación única e inocente es el destino de los forajidos y la democracia.
La urgencia de romanticismo llevó a James Fenimore Cooper (1789-1851) a escribir Leather-stocking tales, donde la figura mítica del hombre libre critica la amenazadora descomposición de la sociedad establecida y la depravación alimentada por la vida silvestre. The pioneers (1823), The last of the mohicans (1826), The prairie (1827), The pathfinder (1840), The deerslayer (1841), describen el pasado ancestral, lleno de violencia y masacre, de una civilización construida sobre las ruinas de una mítica civilización primitiva.
Fastidiados por las exigencias de la rígida conciencia puritana Nathaniel Hawthorne (1846-1934) escribe Fanshawe (1828), Seven tales of my native land, Twice-told tales (1837), Mosses from and old manse, The house of the seven gables (1851), The snow image and other tales (1851), A wonder-book for girls and boys (1852), Tanglewood tales (1853), The blithedale romance (1852), The marble faun (1860), Our old home (1863), y su inmortal texto The scarlet letter (1859) donde abunda la preocupación por el poder del mal y del pecado en la mente humana; Edgar Allan Poe (1809-1849) publica Tamerlane, and other poems (1827), M.S. found in a bottle, Metzengertein (1832), Eleven tales of the arabesque (1833), Berenice, The narrative of Arthur Gordon Pym (1837), Ligeia (1838), The fall of the house of Usher, William Wilson, Tales of the grotesque and arabesque (1839), The murders in the rue Morgue (1841), The mystery of Mary Rôget (1842), The purloined letter (1844), sus majestuosos cuentos The masque of the red death (1842), The tell-tale heart (1842-43), The golden bug (1843), sus oscuros poemas Theraven (1845), Annabel Lee, Ulalume y Eureka (1847), donde se perciben largos y espesos lamentos, miseria y enfermedad propia de una vida mítica y poética hasta la muerte; y finalmente Herman Melville (1819-1891), quien se manifiesta críticamente en Redburn (1849), Typee, A peep at polynesian life (1846), Omoo, A narrative of adventures in the South Seas (1847), Mardi and a voyage thither (1849), White Jacket; or the world in a man-of-war (1849), Pierre, or the ambiguities (1853), Billy Budd, Bartleby the scrivener, Benito Cereno, Battlepieces and aspects of the war, Clarel: A poem and pilgrimage in the holy land (1876), en sus poemarios John Marr and other sailors (1888), Timoleon (1891), Weeds and wildings, whit a rose or two (1924) y por supuesto en Moby Dick, or the white whale (1851), donde detrás de un relato de aventuras existe una compleja novela que desborda cuestiones de ética, metafísica, política, cultura, pecado y sobre todo, culpa.
Fue a finales del siglo XIX, cuando el simbolismo dio paso al naturalismo, lo cual anunció una nueva etapa lejana a las zonas salvajes e inhóspitas: la ciudad.
Con esto cambio, las letras se transmutan y se orientan a la figura del inmigrante, el surgimiento de nuevas fortunas, la competitividad social y la lucha por preservar las virtudes y valores de las clases pudientes.
Poco antes del periodo conocido como el "renacimiento americano" (Rodríguez, p. 45), es decir entre 1820 y 1865, se alzaron varios nombres dignos de recordar, como es el caso de Washington Irving (1783-1859) reconocido por sus relatos "elegantemente simples" (Montes de Oca, 1990, p. 255), de Sketch Book, leyendas de la Alhambra, Rip Van Winkle y The legend of the sleepy hollow; Ralph Waldo Emerson (1803-1882) maestro de maestros, trascendentalista por excelencia y autor de Essays (1841-1843), Representative men (1850) e English traits (1856); el del abolicionista Henry David Thoreau (1817-1862), quien escribiera con gran profundidad, espiritualidad y precisión A neek on the Concord and Merrimack rivers (1849), Walden, Life in the woods (1854) y Civil disobedience (1849); Louisa May Alcott (1832-1888), conocida por sus obras Little Women (1869), An old-fashioners girl (1870), Little men (1871), Eight cousins (1875), Rose in bloom (1876), Under the lilacs (1878), Observations on the principles and methods of infant instruction (1830), Tablets (1868) y Concord days (1872); Walt Whitman (1819-1862) el POETA "consolador de jóvenes" (Harmon Cagle, 1992, p. 30), cuasi alabado por sus versos Leaves of grass (1855), donde se vive la "naturaleza sin freno" (Redondo y Azpeitia, 1992, p. 39) de la experiencia americana y, llevando al clímax de la preocupación la preservación de la integridad individual en medio de la prisión que es la sociedad de masas; y Emily Dickinson (1830-1886), quien con tan solo 7 poemas publicados en vida, llegara a convertirse en la "gran voz femenina de las letras sajonas" (De la Luz Uribe, 1991, p. 12), su obra respira, crítica el espíritu de la naturaleza y a Dios, haciendo de este misterio sagrado una casa encantada llena de blancos fantasmas como su muerte poética y sus ropas diarias.
Ahora si, dentro del periodo conocido como el renacimiento americano surgen figuras poderosas como las ya mencionadas Nathaniel Hawthorne, Edgar Allan Poe y Herman Melville, quienes, tras la independencia norteamericana, pretenden crear una literatura que pudiera igualar la grandeza política de la nación, y lo lograron, ya que logran trascender el concepto de la novela histórica norteamericana al ocuparse de los rincones ocultos del alma. Esta aproximación al misterio del hombre delineó de forma sutil y trascendental, la diferencia entre la concepción de una dura realidad y una concepción de la vida y la muerte.
En la última década del siglo XIX, las letras habían sufrido cambios en el mundo, orientándose hacia el realismo y el naturalismo, intentando con esto, representar los aspectos sórdidos de la vida social contemporánea. América no se quedó callada, ya que el simbolismo de los romances de corte trascendentalistas de Nathaniel Hawthorne y Herman Melville abrieron las puertas para explorar dicho realismo lleno de escepticismo que guardaba gran preocupación por los problemas sociales que se daban en una nación que crecía de forma acelerada.
A diferencia de Europa, la novela realista, se ocupó de temas relacionados con la democracia norteamericana, este aspecto local y familiar será puesto, años más tarde, en tela de juicio gracias al psicoanálisis.
En 1890, Samuel Langhorne Clemens, mejor conocido por su seudónimo Mark Twain, escribió sobre el Oeste norteamericano (la "frontera") burlándose de los estilos formales y los ideales de la civilización que intenta "dominar sus monstruos" (Riera, 1989, p. 62) con sueños de vapor. Sus temas cobran fuerza al invocar la moral inocente de personajes situados lejos de las reglas sociales y los convencionalismos burgueses. Su obra central es Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) y las aventuras de Tom Sawyer (1876), donde crea el mito de la propia libertad como creación del individuo. Esta moral libre y vernácula, rompe con la presión social esclavista de la sociedad sureña. La sátira violenta es empleada para mofarse del potencial tecnológico de Estados Unidos durante la época posterior a la guerra civil, incluida en Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889). En esta sobrecogedora ironía se percibe la crisis del creador superado por su maquinaria, desembocando la existencia en un holocausto mecánico propio de la era moderna. La crisis intelectual de su época, lo lleva a cuestionarse sobre la moral inocente y la libertad de blancos y negros, que a su juicio seguirán siendo esclavos por no alcanzar una identidad propia, con esto, Twain marca la pauta de un nuevo tema en la novela de su país.
El más cosmopolita de los autores realistas fue Henry James (1843-1916) quien desde fuera percibió de forma refinada la vida y la construcción de la realidad en su país. James, al igual que sus contemporáneos, fue fuertemente influenciado por la teoría sobre la novela naturalista en Le roman expérimental del francés Émile Zola (1840-1902), donde se proponía en estudiar el comportamiento social de forma científica para descomponer el proceso que lleva a la sociedad a evolucionar. Esta corriente aún cuando fue superada rápidamente en Europa por el impresionismo, fue acogida con fascinación en Norteamérica por el placer que les producía la vida en las grandes ciudades.
Henry James, autor de Los embajadores, El último de los Valerios (1874), The Golden Bowl, El peregrino apasionado (1875), La lección del maestro (1888), The Spoil of Poynton, El discípulo (1891), Roderick Hudson, Lo auténtico (1893), El norteamericano, En Busca de otras imágenes, Los papeles de Aspern, Beltraffio, Las alas de la torcaza, What Maisie knew (1897) y El cazador oculto, planteó una nueva moral en la literatura de ficción, una "religión de la conciencia" (Reilly, 1977, p. 233), en la que argumenta que es en la conciencia humana donde se convierte en realidad la experiencia religiosa, esta búsqueda incesante gira incansablemente hacia la identidad "que le hubiera gustado ser" (Triana, 1976, p. 10), más que la que no es.
En este periodo naturalista, los novelistas se convertían en periodistas ansiosos por explorar y viñetear la jungla social. Esta visión obsesiva por captar la impresión de la fugaz realidad urbana fue parte obligada de las letras de la última década del siglo XIX, donde destacó Frank Norris (1870-1902) con Mc Teague: una historia de San Francisco (1899) y El pulpo (1901) y Stephen Crane autor de Maggie: una muchacha de la calle (1893), La madre de George (1896), Una historia de Nueva York, Experimentos en la miseria y The red badge of courage. Ambos cuestionaban la creencia de que el hombre era una criatura consciente y racional, el que la conducta ejemplar garantiza la felicidad y el que la familia otorga la moral que el individuo necesitaba.
El mundo naturalista estaba plagado de máquinas e incomunicación, esta ambigüedad situacional llevaba a los personajes a una muerte alienada de cualquier concepto de libertad.
Los bajos instintos escondidos en la naturaleza humana y las condiciones aberrantes de la estructura social, dieron paso a una nueva ola de literaturas, entre ellas la judía, la novela de inmigrantes, negros, e hipocresía en el matrimonio en la que destacó la que se considera la pionera del realismo norteamericano Kate Chopin (1851-1904), quien publicara Loka (1892), Ma'ame Pélagie (1893), Désirée's baby (1893), Madame Célestin's divorce (1893), La belle Zoraïde (1894), A respectable woman (1894) y su extraordinaria novela The awakening (1899), la cual fue censurada por su tema considerado como "venenoso e indecoroso", a pesar de la censura de la critica su obra es importante por tratar la independencia sexual femenina, la injusticia, el sojuzgamiento y la hipocresía existente en el matrimonio convencional.
El nuevo siglo fue un tormento para unos y para otros como Gertrude Stein, el anuncio de nuevas promesas. La literatura luchaba en los extremos para mantenerse, respondiendo al gozo de un nuevo ciclo y al temor de un nuevo orden deshumanizado que transformara la vida norteamericana.
La nueva pauta fue dada por Theodore Dreiser (1871-1945), con su Sister Carrie (1900), quien empleaba su cuerpo para sobrevivir en una sociedad materializada. Con Dreiser la suerte y el instinto sobrepasan la moral y lo racional. El mundo, es un complejo urbano carente de lazos humanos, la prueba de ello es su obra Una tragedia americana (1925), en la que la miseria es la base del ascenso social, finalizando en una ejecución tan mísera y vacía como la el sueño americano: la silla eléctrica.
La transición transformó el naturalismo norteamericano en la gran historia de aventura, prueba de ello fue la obra de Upton Sinclair (1878-1968), La jungla (1906), en la que cientos de inmigrantes se internan en los barrios bajos de Chicago para convertir sus sueños en realidad. Para Sinclair, la ciudad, centro de la competencia capitalista, destruye todo margen de solidaridad, dejando al descubierto la avaricia y la explotación. Otra figura importante en la innovación literaria de principios de siglo fue Jack London, quien describió el mundo violento de la aventura y el viaje en The call of the wild (1903).
El cambio patrocinado por el naturalismo, permitió el desarrollo de ciencias como la psicología, que permitió explorar expresiones desconocidas de la interioridad humana. Manifiesto de esto fue la presencia del filósofo William James (1842-1910), quien con sus Principios de psicología (1890) influyó en la concepción que se tenía entre pensamiento y acción, de esta forma William, ofreció una metáfora que marcaría estridentemente la descripción de la conciencia en la obra de su hermano Henry y su alumna Gertrude Stein.
Una de las grandes admiradoras de Henry James fue Edith Wharton (1862-1937), mejor conocida por su novela La edad de la inocencia (1920), la cual comprende el surgimiento de las grandes fortunas en los Estados Unidos.
Sin embargo la figura de la nueva mujer estuvo a cargo de Gertrude Stein, quien apoyara sus percepciones en la psicología y el pragmatismo derivado de la misma. Stein fue la guía, inspiración y árbitro de la "generación perdida" (De Torre, 1971, p. 185), además de inaugurar una etapa esencial en la narrativa norteamericana moderna.
No obstante el camino se bifurcó para 1913, orientándose por un lado al nuevo naturalismo y por otro al posimpresionismo europeo como desafío al realismo. Con las ideas progresistas y radicales de John Reed (1887-1920) y las anarquistas de Emma Goldman (1869-1940), nació una nueva generación consciente del cambio y dispuesta a derrocar al puritanismo. El nuevo progresismo se nutrió del espíritu del positivismo y del naturalismo. La intuición, la creación, el inconsciente, represión y revolución sexual eran los nuevos tópicos, el movimiento moderno tomó matices parecidos a los de un nuevo romanticismo.
T. S. Eliot (1888-1965), buscaba un nuevo clasicismo con su actitud "reaccionaria de guante blanco" (Borge, 1993, p. 68). Eliot, autor de La tierra baldía, For Lancelot Andrewes, Prufrock and Other Observations, Ash Wednesday (1930), Cuatro cuartetos (1943), Asesinato en la Catedral (1935), The Family Reunion (1939), The Cocktail Party (1950), El bosque sagrado (1920), Función de la poesía y función de la crítica (1933), Notas para la definición de la cultura (1948) y Sobre la poesía y los poetas (1957), pronosticó una revolución tanto política como artística con su obra.
La participación norteamericana en la guerra, generó un nuevo concepto de arte que desafiaba todo materialismo y puritanismo de la época.
Uno de los tantos que se encargaron de mantener la vitalidad fue Ezra Loomis Pound, con sus Cantares, una de las más profundas y reveladoras críticas hechas en este siglo. Thrones (1959), Personae (1926), Love Poems of ancient Egypt (1962), From Confucius to Cummings (1963) hablan de un universo lleno de tensiones, en el que individuo se enfrenta a "tantos misterios" (Hall, 1991, p. 46) al luchar por la conservación del alma individual.
Entre tanto, existió una generación de jóvenes escritores que respondían a la influencia del naciente espíritu moderno, entre ellos estaba Robert Frost, William Carlos Williams (1883-1963), Wallace Stevens (1879-1955), Marianne Moore (1887-1972), Carl Sandburg (1878-1967) y Eugene O'Neill (1888-1953). La simiente de este movimiento había sido puesto por Sinclair Lewis y Sherwood Anderson (1876-1941). Anderson era la muestra viva del cambio que se venía dando, sus obras, manifestaban los rasgos de su comunidad y un gran espíritu de rebeldía que se caracterizó por el abandono del provincianismo por la bohemia de la gran ciudad. Protesta, protesta y más protesta era el tema esencial de su gran obra, Winesburg, Ohio (1919).
Sinclair Lewis (1885-1951), logró retratar el aislado ambiente del mundo rural, las ideas políticas de izquierda, el prohibicionismo y el renacimiento del Ku Klux Klan, en sus novelas Main street (1920), Babbitt (1922), Elmer Granty (1927).
La guerra y las declaraciones del presidente Woodrow Wilson (1856-1924), dieron inicio a una nueva etapa, más individualista, prospera, y empobrecida culturalmente. Un gran numero de escritores como John Dos Passos (1896-1970), Ernest Hemingway (1899-1961), E. E. Cummings (1894-1962), Edmund Wilson (1895-1972) y William Faulkner (1897-1962) participaron en la guerra de una u otra forma, por lo cual la guerra se vuelve el centro mismo de las coacciones, surgiendo desafios a los valores conservadores, provincianos y heroicos. El Apocalipsis estaba presente, el hombre necesitaba nuevos ojos para poder sobrevivir.
John Dos Passos escribió La iniciación de un hombre (1920), Tres soldados (1921); E. E. Cummings, El cuarto enorme (1921); Ernest Hemingway, Adiós a las armas (1930) y The sun also rises (1926); Scott Fitzgerald, Este lado del paraíso (1920), El gran Gatsby (1925); y La paga del soldado (1926) de William Faulkner. En todas ellas la impotencia y las heridas de un campo de batalla creaban una serie de valores trastocados, en los que el sentimiento desolador de la modernidad era la única respuesta a esta nueva estética decadente.
El clima asfixiante de la posguerra, donde todos vivían perseguidos y amenazados, creo un vacío político y cultural. Se acabaron los propósitos. Contrario a este hiperconservadurismo bañado de intolerancia y materialismo, en los veinte se pusieron en marcha los cambios más profundos de la historia moderna norteamericana, cambios psicológicos y estructurales que acabaron con las costumbres más allegadas y veneradas.
Consumismo, créditos, incremento de la clase media, eran los pasos de la modernidad. El psicoanálisis, el jazz y los flappers1* se abrían camino para describir una literatura decadente, disidente y desesperada. La vida moderna desilusionaba a cualquiera, por lo mismo la generación perdida, emprendió su éxodo.
Fitzgerald, ofreció con su obra De este lado del paraíso y el Gran Gatsby, una visión diferente de la juventud de sus tiempos empañada de jazz y depresiones económicas. Con ésta puso de manifiesto la fragilidad de la historia, al describir la búsqueda cínica de riqueza y placer en un mundo donde la belleza y la riqueza se desvanecían tan sutilmente como la moral de las "personas imprudentes" (Klinkowitz, 1983, p. 59) que la conllevan.
Hemingway, por su parte, habla de un universo en el que no hay cabida para el romanticismo y el sentimentalismo, sus personajes rudos, imperturbables, ocultan el dolor, las heridas, el insomnio y las pesadillas causadas por la caótica realidad. Por quién doblan las campanas (1940), es la muestra clara de que la guerra trajo consigo el fin de la inocencia.
La cruzada moral fallida, como John Dos Passos concibió a la guerra, fue su fuerte en La iniciación de un hombre y Tres soldados. En Manhattan transfer (1925), el inmenso y disperso organismo que es Nueva York se vuelve el personaje central. Paralelo 42 (1930), 1919 (1937) y The big money (1936) desglosan la vida como un continuum histórico.
Tras la Gran Depresión de 1929, el exilio terminó, los que volvieron encontraron su país inmerso en problemas sociales y económicos, el proyecto de crear una literatura proletaria fue acogido por los judíos inmigrantes: Michael Gold (1892-1967) en Jews without money (1935) y Abraham Cahan (1860-1951) en The rise of David Levinsky (1917). Esta novela proletaria describió la lucha entre trabajadores y patrones, las condiciones de vida de los obreros, los beneficios del socialismo y la devastación económica del capitalismo, lo que desencadenó para negros y judíos, el Renacimiento de Harlem.
Le década de los treinta ofreció a los novelistas una realidad plagada de indigencias, ghettos, obreros y campesinos iracundos, ahí buscaron nuevas y complejas formas de comunicar el malestar que había generado la vida capitalista norteamericana. La silenciosa revolución fue gestándose en gran parte por los escritores judíoestadunidenses y la escritura negra.
Las novelas naturalistas de contenido documental fueron representativas de los treinta, la muestra está en James T. Farrell (1904-1979), escritor de El joven Lonigan (1932), La juventud de Studs Lonigan (1934) y El día del juicio final (1935); Erskine Caldwell (1903-) quien recreó la imagen rural de su tiempo en Tortilla flat (1935), Of mice and men (1937) y The grapes of wrath (1939); y John Steinbeck (1902-1968), autor de Battle Hymn of the Republic (1861), Las viñas de la ira y de East of Paradise (1952), en la cual recalca la existencia de la tierra prometida en el Oeste americano.
Thomas Wolfe (1900-1938), por su parte, vinculó lo épico con los subjetivo, en sus novelas Look homeward, Angel (1929) y Of time and the river (1935), en las que se plasma el sufrimiento, el saber y el sentimiento de las nuevas generaciones.
Henry Miller (1891-1980), gran profanador de las letras y autor de Trópico de Cáncer (1934), Tiempo de asesinos (1952), Primavera negra (1936), Trópico de Capricornio (1939), The rosy crucifixion, integrada por Sexus, Plexus y Nexus (1945-60), desafió los valores de la década, llenando sus páginas de erotismo violento, sexualidad explícita y perversión. Miller fue el maestro, el que puso el dedo en la llaga y denunció la degradación y la esterilidad de la vida en las grandes ciudades. El era parte de ese Apocalipsis que describía. La obscenidad y la anarquía no eran más que simples formas de sobrevivir.
Al igual que Miller, Nathanael West (1904-1940) compartió la visión de un mundo inhumano, mezcla de sueño y pesadilla, al borde del Apocalipsis, sus novelas más importantes fueron Miss Lonelyhearts (1933) y The bay of the locust (1939).
El nuevo paso estaba dado, la Guerra Fría acabó con todos los mitos, un nuevo compromiso se asentaba con la sangrienta historia moderna. El espíritu frágil de la paz dejo huella en la obra de gente como Lillian Hellman (1907-1984), reconocida por The children's hour (1934), The little foxes (1939), Scoundrel time (1976), An unfinished woman, Pentimento (1937) y Watch on the Rine (1941).
El macartismo y la cacería de brujas que desencadenó el temor al socialismo, fue el clímax de las acciones. El mundo no era apto para pensadores y liberales. Nunca antes la libertad había sido tan asediada como hasta esos días. La guerra trajo carencias y vacíos, pero la falta de libertad, desencadenó la más grande de las revoluciones culturales y sociales, la revuelta juvenil y con ella, murió la modernidad, para dar pie al verdadero Apocalipsis: la posmodernidad.

1.1.2 Esta Generación no tiene futuro
"Esta ciudad es famosa por sus jugadores, prostitutas, exhibicionistas, anticristos, alcohólicos, sodomitas, drogadictos, fetichistas, onanistas, pornógrafos, estafadores, mujerzuelas, por la gente que tira la basura a la calle, por sus lesbianas... gentes todas que viven en la impunidad mediante sobornos" (Kennedy Toole, 1994, p. 17). Este es el mundo según ellos. América para nosotros.
América, ese basto corral infesto de solitarias y psicópatas tribus (West, 1988, p. 4); de puestos de hot-dogs clandestinos; de suburbios y prostitutas colegialas, es hoy en día más que un gigantesco campo de diversiones, es el caldo de cultivo del espíritu vanguardista "más acá" de todos los tiempos, es como vulgarmente se dice, la "neta de las netas" y no lo digo yo, lo dice su misma su historia.
Tras los funestos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y su medieval fin, bajo la voz barítona de un par de bombas atómicas, Norteamérica sepultó sus entrañas y se refugió en un ambiguo concepto: el fin de los tiempos. Si señores hablo del Apocalipsis. El verdadero origen de la posmodernidad.
Aquí, es donde comienza nuestra historia, en medio de una sociedad que guarda un culto incierto en la radio y la televisión (Tyler, 1981, p. 34). Una nación hostigada por cientos de jóvenes confundidos y olvidados. Una juventud que espera encontrar nuevas razones para vivir. Nuevos ídolos y actitudes, ya sea en el cine o la literatura. Sin embargo, las grandes voces se habían opacado, Faulkner, Hemingway, Dos Passos, Fitzgerald, Steinbeck no proponían salidas aceptables. La crítica mordaz al sistema establecido, con tal de encontrar el perfil de la madre patria, era un juego ingenuo para esa juventud necesitada. De alguna u otra forma habría que recobrar la creatividad, la variedad temática de los actos juveniles.
Los jóvenes por su parte se mostraban hostiles a las profundas voces de los grandes, no querían oír hablar más de intelectuales reconocidos y multipremiados, de ancianos barbudos que aburrieran con sus doctas y profundas ideas acerca de los toros, la naturaleza y el mar.
La locura era un concepto que apenas comenzaba a gestarse, sin embargo, era lo que Norteamérica necesitaba. Jóvenes audaces que tomaran de una vez por todas una decisión propia; que rompieran con la gran fuerza nuclear (Carandell, 1973, p. 51) que es la familia; que tomaran sus cosas y salieran a recorrer las calles en busca de un futuro, de algo que les motivara, que les hiciera sentir que estaban verdaderamente vivos.
Y así fue como se encontraron de pronto miles de jóvenes recorriendo las largas e incipientes carreteras de la “explosiva alegría Americana” (Kerouac, 1994, p. 19), deteniendo autobuses o camiones de carga. Sintiendo la profundidad de los abismos y los variados infiernos de sus desiertos. Al parecer el punto central de la nueva Roma estuvo en California, un joven estado repleto de vaqueros y buscadores de oro, de improvisados millonarios y artistas de cine. La fama y el sufrimiento hicieron de las suyas. La imperfección y la frescura de los juicios parciales se dejó sentir cuando un grupo de jóvenes barbudos, para ese entonces, cambiaron sus prendas por las de los oficinistas veraniegos, es decir, pantalones caqui, camisas de franela y chanclas. Esa imagen propia de los pordioseros, anunciaba con voz de profeta el nacimiento de una nueva nación, la Norteamérica posmoderna.
Así, envueltos en la locura que producen los caminos y el rompimiento con el "American way of life" nació la generación Beat (Antolin Rato, 1988, p. 7), una generación que trascendió las letras y todo manifiesto. Ahora mejor que nunca la literatura será repudiada por hacer de los textos marginales una forma de vida, una verdadera orgía multicolor.
Camiones psicodélicos, asesinatos, Gaseosas ácidas eléctricas, "luchas contra el establishment" (Carrera, 1993, p. 16), anfetaminas y sobre todo caminos, eran los puntos de atención de la nueva juventud parlante. Por fin, habían dado con un héroe, su nombre: Neal Cassady (alias "Dean Moriarty" y "Hart Kennedy"). Su lugar de aparición: En el camino de Jack Kerouac y The Electric Kool-Aid Acid Test, de Tom Wolfe.
Esta enloquecida epopeya narrativa se fundaba en la locura por vivir, por hablar, por salvarse. Kerouac tuvo la culpa de que empezaran a circular coches por todo el país en busca de trabajos raros, de novias y sobre todo diversión.
Individuos como Allen Ginsberg, Ken Kesey, William Burroughs, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso, Paul Bowles, y Michael McClure adoptaron la jerga de los músicos del bebop, la indumentaria y costumbres de los drogadictos. Ellos, en su mayoría poetas y escritores, incitaron a la juventud a refugiarse en la violencia, el crimen, la droga, el incesto, la orgía, en fin, la degeneración.
Así evolucionó el movimiento, pasando de las costas del océano Pacífico a Nueva York, donde habría de morir y gestarse un nuevo pronunciamiento inmerso en el armónico encanto de las flores y el amor cósmico, sí, hablamos de los mismos, de "los hijos de las flores", de "la Generación del Amor" y la "liga espiritual": de los Hippies (Cantor, 1973, p. 338).
El rock eléctrico, la psicodelia, los parajes abiertos y una filosofía propia de San Francisco de Asís, fue lo que llevó a estos desquiciados a romper con la sociedad y convertir el mundo en una gran fiesta technicolor.
El mundo entero se llenó de flores y religiones orientales, de drogas y vagabundos. Personajes como Ginsberg y Corso se filtraron de un movimiento a otro, creando la Liga del Descubrimiento Espiritual bajo las consignas de "Salta y abandona la sociedad" (Carandell, p. 121), "Haz lo que te agrade, siempre que quieras hacerlo" (p. 121). El hedonismo se coló en las mentes de los escritores hippie, Richard Brautigan y Gary Snyder, sin embargo, el movimiento decayó en 1968 a escasos años de su formación, convirtiendo a Norteamérica en un manicomio regido por una gran enfermera.
Confusión, locura y movimientos underground. Situaciones políticas paradójicas determinadas por la desigualdad social y racial eran el entorno de la juventud buscona que se refugió en una nueva filosofía: la destrucción, la música y otros movimientos culturales que estuvieron siempre a la par. La literatura se había hecho un acontecimiento parasocial. Todo se relacionaba con todo y en este caso, el rock tuvo la culpa.
El punk (Tapia, 1992, p. 26) invadía la escena de la música, los jóvenes lucían felices sus nuevos cortes de pelo a la "Mohicano", sus pantalones raídos y sus brazos llenos de tatuajes. Hablaban de políticas fascistas y movimientos neonazis. Charles Bukowski proponía con su obra la antiintelectualidad y la anarquía. Kathy Acker hacia de la pornografía una obra de arte, Dennis Cooper, David Lynch y John Waters imponían el horror como la nueva estética. La plasticidad del mundo se volvió objeto de culto. Los 70 y principios de los 80 llenaron el mundo de tanta basura que nadie pudo negar que el Apocalipsis estaba entre nosotros.
En oposición a todos esos gritos juveniles de las décadas anteriores, los 80 se adentraron en medio de un gran silencio, de una crítica incisiva que operaba en las fauces de la estética corriente. Ese era el minimalismo (Bigazzi y Saletti, 1992, p. 63), un extraño fenómeno que proponía como regla imperante los máximos expresivos, los mínimos gramaticales. Esta revelación que englobaba a autores como Raymond Carver, Frederick Barthelme, Richard Ford y Bobbie Ann Mason, tiene como rasgos característicos: la escasez de humor y parodia, argumentos insignificantes y personajes que rara vez hablan en voz alta, es decir, un alto contenido de cotidianeidad.
Ante tanto silencio y reflexión, Norteamérica comenzó a erigir su propia Torre de Babel multicultural, todas las razas y todas las etnias que venían despertando desde el 60, pudieron elevar sus voces y hacer de sus momentos el nuevo discurso dominante. Gracias a esa búsqueda de raíces e identidades que iban siempre hacia el origen y que pronosticaban la posmodernidad, las letras abrieron sus puertas a lo que sería la condena social norteamericana: las literaturas étnicas (Riera, 1988, p. 5).
No obstante, Norteamérica pudo salir del dudoso mundo del reproche y la resignación, abriéndose paso en el mundo de la antiestesis, de la innovación formal, es decir, de la literatura de la posmodernidad.
El mundo visto con ojos norteamericanos se tornó en una parodia gigante, los autores posmodernos, hablemos de John Barth, Robert Coover, William Gass, Donald Barthelme, Thomas Pynchon y Paul Auster, se preocuparon más por la estructura que por el lenguaje, en sus obras predomina lo lúdico y la intertextualidad.
A nivel social, los postmodernistas, permitieron que las editoriales neoyorquinas se preocuparan más por los contenidos exóticos propios de las literaturas étnicas, es decir, las voces indias, judías, chicanas y negras. Sin dejar de recibir el mejor apoyo, los escritores yuppies (Riera, p. 5), como David Leavitt, Jay McInerney, Easton Ellis y Tama Janowitz, quienes al parecer, se han ocupado más de cuidar su imagen y las relaciones públicas que su propia obra (Des, 1991, p. 5).
Como podemos admirar, la literatura norteamericana ha sido el reflejo de su diversidad social y territorial. Sus novelas contienen los principios a partir de los cuales se desarrolla el enorme desierto hedonista que son Los Ángeles o Nueva York. Estas obras son una deslumbrante visión a cerca de esas tierras en donde los hombres se diluyen trabajando de sol a sol, huérfanos de Dios y entregados a una incipiente actividad sin sentido. Esta morfología barroca constituye la novela norteamericana, siendo esta, las células a partir de las cuales podría desarrollarse nuevamente su cultura.
La cultura estadounidense es un amplio espacio donde flotan los emblemas de un Imperio que no se sitúan en la historia sino que la ha trascendido. Norteamérica, esa gran torre de Babel (Hidalgo, 1995, p. 36), no es más que un engrane de esa maquinaria que absorbe hacia su interior como aspiradora, hasta que en el centro se desintegran las partes por exceso de densidad. Estos escritores, náufragos de la normalidad han hecho un espeso guión delirante y desordenado en el que posiblemente los únicos sobrevivientes sean los establecimientos de Fast Food.
No cabe duda, es imposible abarcar en unas cuantas páginas la panorámica completa de la narrativa norteamericana contemporánea, es más, suena hasta ingenuo.
Así pues, cualquier monografía que no tenga el tamaño de una enciclopedia entera corre, necesariamente, el riesgo de presentar una visión parcial, o al menos muy pero muy limitada, de un tema tan amplio como relativamente poco conocido, por lo tanto he pensado confeccionar esta investigación, un tanto arbitraria y fragmentada, pero que contiene las tendencias, estilos, historia, contexto y autores de las principales corrientes que encabezan la literatura norteamericana contemporánea.
Así es que si tienen un momento, estoy dispuesto a discutir el problema de la delincuencia y la palabra con ustedes; pero por favor, no cometan el error de fastidiarme sólo a mí.

1.2. El infernal ánimo de nuestros tiempos
Al principio creó Kerouac su cielo y su tierra. Pero esa tierra era amorfa y vacía, y las tinieblas arcaicas cubrían la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se había perdido en el puritanismo de una generación que había cimbrado su fe en las guerras pasadas.
Kerouac dijo: Haya la luz, haya la libertad, haya la búsqueda. Y hubo luz, libertad y encuentro a la mitad de un camino de oposiciones.
Y vio Kerouac que su luz, libertad y encuentro eran "satánicamente" buenas, y separó a su escuela de las tinieblas del sistema.
A su luz la llamó la beat Generation (Fischer, 1975, p. 75), y a las tinieblas, la locura del basto corral. Y hubo beatniks y hubo squares (Cantor, 1973, p. 335); beats primero.
Dijo asimismo Kerouac: "la beatitud es el objetivo final en la búsqueda espiritual del amor infinito" (p. 334).
E hizo Kerouac un nuevo firmamento, y separó a los muertos (squares); que están y habitan burocráticamente debajo del firmamento, de los vivos (beats); que están y viven sobre el firmamento. Y así se hizo.
Y así se hizo una nueva cultura. Una cultura voluntariamente marginal en medio de un pueblo que ansiaba el alivio a los problemas de la posguerra. En medio de un pueblo que quería creer en su absoluto patriotismo, honradez, deseo de paz y su preocupación por tener un gobierno íntegro y eficaz. No obstante, este pueblo maldito pagó caro el paternalismo de su gobernante y "director de la más grande empresa" (Tyler, 1981, p. 31): Dwigth David Eisenhower. Y lo pago con la abundancia; con la falta de atención a las grandes porciones de la América rural, a las minorías, a los ancianos; con el crédito fácil; con la continuación del New Deal y del Fair Deal; con la nueva cultura de consumidores y la psicología de la abundancia; con la revolución de la comunicación; con la persecución del senador Joseph McCarthy al comunismo; con los perros policías en Birmingham, Alabama, atacando a los militantes negros; con los libros de bolsillo y la persecución de criminales y comunistas; con la "guerra fría"; con la incursión de la derecha en organizaciones como la sociedad de John Birch y la Cruzada Cristiana Anticomunista; con su gente interesada más en los automóviles, el sexo y la seguridad que en la política; con el abandono a la ética protestante del trabajo duro y de la individualidad, a favor de la ética de la organización; con la homogeneización de su sociedad; con la identificación de su juventud con los nuevos ídolos en el cine (James Dean) y Dizzy Gillespie en la música; con la protesta social; y sobre todo, con la rebelión juvenil que haría temblar a los sesenta; los beats.
Esta nueva orden de "apócrifos" iluminados, estableció su comunidad en la zona de la Playa Norte de San Francisco. Reuniendo de forma marginal y bohemia a escritores, artistas, filósofos, pseudo filósofos, gorrones, miembros periféricos y sobre todo, poetas. Esta generación que tomara del termino beat, extraído del jazz, que significa "golpeado" y "frustrado", fue bautizada por el Mesiánico hijo del underground, Jack Kerouac en su libro En el camino.
Los nuevos bohemios solían reunirse en cafés para discutir, beber, pensar, y jugar ajedrez, ejemplo de esto fue el famoso "Coffee Gallery" o el "Cellar", lugar donde por primera vez se leyeron los poemas de Lawrence Ferlinghetti, David Meltzer y del avatar de las nuevas generaciones, Allen Ginsberg.
Esta pequeña comunidad de antiintelectuales y primitivistas psíquicos, optó como forma de dar la espalda a la sociedad, el atuendo que llevaban en los fines de semana los hombres de negocios americanos: camisas de manga corta, pantalones caqui y sandalias. Esta violencia verbal y material está claramente expresada en la cita del celebre escritor Bruce Cock, quien afirmara que "una profunda avidez por el reconocimiento individual, un deseo de hablar con honestidad y franqueza de todo lo que tenía importancia y, finalmente, una implicación personal y apasionada en empresas fundamentales" (Carandell, 1973, p. 115) era lo que caracterizara a esta familia de solitarios vaqueros que optaron por la estreches económica, la inseguridad, la independencia, el arte y la poesía.
Los anárquicos beats o típicos outsiders, abandonaron la cuadriculada sociedad que los rodeaba para sumergirse en los bajos fondos, a donde no llegaban las sobras de la corrupción del bienestar. Vivían en edificios ruinosos, habitaciones repletas de cosas revueltas y polvorientas, en medio de una decoración formada por los desechos del Ejército de Salvación. Las paredes, por su parte, mostraban cómicos y profundos graffitis que no hacían otra cosa que exponer su descontento ante lo podrido de la sociedad de consumo: "Mona Lisa es un marica de la secreta", "Minnie Mouse es una mulata" (Cantor, p. 333).
Los beats, rechazaban el conformismo y creían que su forma de trabajo era incompatible con él. Lo único que buscaban, era vivir tranquilos haciendo caso omiso de las imposiciones sociales. A su juicio, la realidad impedía que se le rindiera culto a la razón y que se erradicara el mal por decreto. Tanto la historia como la humanidad eran ingobernables. El progreso, víctima de todas las guerras, no era más que una ilusión. Lo único real en toda esta farsa, era la muerte. Por ser el progreso un concepto engañoso, el pasado y el futuro estaban vacíos de importancia, he aquí el postulado supremo de la posmodernidad: el presente lo es todo.
Esta insistencia por vivir en armonía con la nueva realidad, los llevó a mantener su receptividad, siempre abierta, a afinar sus propios sentido para perfeccionar su diálogo con la existencia. De esta forma podrían renunciar a la autoridad y a la sociedad organizada, puesto que estas se mostraban como antinaturales y opresoras. La muestra estaba en sus más grandes enemigos, los square, es decir, los hombres modernos aferrados a sus ilusiones. Fue así como pasaron a ser los drogadictos, golfos y poetas, los verdaderos héroes de esta contracultura.
Esta doctrina de las sensaciones, (tomada del poeta galés Dylan Thomas), estuvo encabezada, como ya hemos mencionado, por los filósofos de la generación beat, Jack Kerouac y Allen Ginsberg, quienes, (aunque no se crea), estudiaron en la Universidad de Columbia. Kerouac, quien diera al mundo el rostro perfecto del beat, se retiró del mundo creado, para vivir y contemplar la televisión, cerveza en mano, al lado de su madre en Lowell, Massachusetts, en 1957.
A fines de los 50, el público, quien nunca entendió a Kerouac, empezó a sentir curiosidad por los beats y sus cultos. De esta manera fue como surgió una nueva subcultura dentro del movimiento, los beatniks (De Torre, 1971, p. 188). Término acuñado por el periodista de San Francisco, Herb Caen, para designar a los vagabundos que lo abandonaban todo para ir en busca, no de un estado superior de armonía, sino de una vida de inmoralidad desvergonzada.
Estos, parecía que se dedicaban a la disipación, a la promiscuidad interracial, al desprecio de las leyes, al amor libre, a beber con exceso, a las drogas y sobre todo, a destruir los postulados beats, tanto que los críticos afirmaban que su arte y literatura era pura bambolla que no hacia otra cosa que abandonar la forma. Norman Podhoretz, crítico de amplio prestigio en los círculos intelectuales de Nueva York, afirmaba que estos eran difíciles de comprender puesto que carecían de habilidad para articular sus ideas, eran confusos, descuidados e incoherentes. Sin embargo, el día que se retiraron del mundo, los intelectuales se disgustaron porque a su juicio ya no habría quien estuviera a favor de las sensaciones y repudiando la razón.
El celebre y admirable escritor de culto, quien estuvo ligado con el movimiento, William Burroughs, afirmó en una ocasión que "la situación de los beats nunca estuvo bien clara. Como individuos, por ejemplo, Kerouac, ejercieron una influencia enorme. El tipo de emigración que éste describe en su novela On the Road, se ha convertido prácticamente en un movimiento mundial. La gente se traslada ahora desde París a Katmandú (Nepal) o a Marraquex (Marruecos), y todo eso lo inició Kerouac. Pero no como movimiento literario, quizá más bien como movimiento social" (Carandell, p. 116).
Esta revuelta que consideraba la locura como el estado de armonía perfecta --la condición más de acuerdo con un mundo caótico-- como lo más indicado para detener el tiempo y dispersar la vida en una corriente de profundas sensaciones --que no plantean problemas ni aportan a la conciencia sentimientos de culpa-- se vieron prostituidos y amenazados por los medios informativos y el público consumidor que no dejaban de mostrar un interés enfermizo por sus extravíos morales y su forma de vida.
Ante dicha curiosidad, los beats, recurrieron a la obscuridad como su escudo. Sin embargo, la bomba estalló, para los ochenta bohemios que existían en San Francisco, la primavera del 57 cuando se celebró la publicación del poema Howl!, de Allen Ginsberg, la cual fue tachada de obscena y saturada de publicidad. Los caseros, quienes todo este tiempo habían creído que sus inquilinos eran sólo vagabundos y tipos raros, cayeron en la cuenta de que tenían sus habitaciones alquiladas a una horda de beatniks inmorales.
Así comenzó la guerra. Pronto se levantaron por las playas letreros que decían: "Beatniks, abstenerse". La Avenida Grant, por ser considerada lugar turístico, subió sus alquileres y usó a los beatniks para que sus turistas tuvieran algo que señalar con el dedo. En septiembre de 1958 la policía, había declarado la Playa Norte como zona difícil y no se concedieron allí más licencias para el expendio de bebidas alcohólicas. Para 1959 la cruzada por la libertad humana se estaba dispersando. El ideal neorromántico de la generación beat parecía haber muerto en su infancia cuando Kerouac desertó a su visión. Ginsberg, Gregory Corso y Leonore Kandel siguieron al margen. De esta forma su fidelidad se vio recompensada con el renacimiento y la erupción de la filosofía de la beatitud en la década de los 60 con la nueva subcultura denominada "la Generación del amor" (Cantor, p. 337).
Ante esto Allen Ginsberg habría de citar parte de su poema Howl! diciendo: "he visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, muriéndose de hambre, histéricas, desnudas, arrastrándose por las calles negras de la madrugada en busca furiosa de una droga..." (Carandell, p. 117).
He ahí la nueva religión, la "Liga del Descubrimiento Espiritual" (Cantor, p. 338). He ahí la muerte terrena del movimiento izquierdista por excelencia, he ahí la puerta a una nueva generación, la de los "hijos de las flores" (p. 339), he ahí la locura sensorial de fin de milenio, he ahí la posmodernidad. En su sangre podrida; en su afán de libertad; en la eternización de su presente; en la rebeldía de su atuendo y su moda; en la forma como los dejaron partir y caer; en la forma como los medios acabaron con ellos; en la manera como los desmitificaron; como los prostituyeron. Como tuvieron que cambiarse de nombre y esencia, por el de una cultura que ya no les pertenecía; por unas costumbres multicolores y ácidas; por un perfil anímico y cósmicamente armonioso; por la subcultura descarriada y disparada; por la revolución del "yo"; por alimentar una nueva religión, la única que llegaría hasta los noventa: la hippie.

1.3. Abono cósmico y multicolor para los "hijos de las flores"
Al fin le dieron poder a la imaginación. Por fin obtuvo el sentimiento lo que quería. Las sensaciones viven y reinan, hoy por hoy, como el portavoz de una nueva generación. De una rebelión contra el sistema establecido. Hija del sol, del cosmos, de las flores, de la vida, del proceso de cambio de la humanidad. Eso es la nueva juventud que llena las carreteras de autoestopistas, que rompe con el formalismo y la rigidez de los adultos. Esta es la juventud que heredó de los beats la actitud instintiva y vital ante la existencia. El gran huerto que vio morir la tradición familiar. La gran tribu multicolor que ha vuelto a los moldes culturales primitivos. La gran familia de salvajes y postindustriales hedonistas. La gran horda de altruistas unificados bajo una sola religión. Bajo una sola naturaleza: la hippie (Grant, 1990, p. 91).
Este es y ha sido el movimiento juvenil más difundido e imitado. Éste, en forma silenciosa, ha sido el más salvaje, agresivo y representativo de la juventud de los años sesenta. Éste, tras largas cabelleras y barbas de lucha, ha sido asimilado por la sociedad de consumo, obteniendo considerables beneficios a través del comercio de la misma. Éste, por su amplia base intelectual y sus límites doctrinales difusos, ha llegado a confundirse con el vagabundo, con el beatnik, con el peacenik y con los provos2
* (Carandell, p. 124).
El nacimiento de los hippies suele situarse a mediados de la década de los sesenta y su defunción, en 1967, aún cuando su espíritu no lleva trazas de desaparecer. Hacia 1965, el término hippy empezó a ser empleado para designar a cierto tipo de jóvenes de San Francisco y de Nueva York. Al igual que sucedió con el término beat, el de hippy provenía de la jerga del jazz, Hip, que significa algo así como "sabio" o "iniciado".
El sistema, tan podrido como siempre, se apoderó de muchos atributos externos de los hippies, al grado de que miles de comerciantes se enriquecieron con el tráfico de tales productos. Esto obligó a que el movimiento se disolviera en 1967 para proseguir en la "clandestinidad". Concretamente, aquel año de 1967 (6 de octubre) en el Buenavista Park, en el distrito Haight-Ashbury en San Francisco (Cantor, p. 343), los jóvenes hippies decidieron enterrar un muñeco vestido con los ropajes característicos del hippy, durante una fiesta organizada al efecto, como expresión de sus deseos de que ya nadie más comercializara con su nombre.
Los hippies, decidieron desde un inicio prescindir totalmente de la sociedad, a diferencia de los beats que lo hicieron para enfrentarse a la misma desde fuera, y los provos que optaron a ello por provocación. Mediante este exilio voluntario, el hippy pretendía fundar una nueva sociedad en el aquí y ahora. Una sociedad prospera, hedonista, libre de los condicionamientos históricos, económicos y sociológicos de los mayores. Una sociedad donde no importe nada más que la felicidad y la necesidad de participación activa. Una sociedad que les ponga el destino en sus propias manos apurando hasta sus últimas consecuencias las posibilidades que la vida ofrece (García Vega, 1973, p. 130). Una clara utopía que ponga ante los ojos de la historia las condiciones materiales que posibiliten el acceso a la felicidad.
Ante tal esperanza de mimetizar la vida comunitaria con la familia fantasma, surgió esa utopía; esa nueva forma de matrimonio comunal; esa tendencia a purificar las instituciones; ese fenómeno que juega con la muerte de la familia y el "baby boom" (Alonso Hinojal, 1973, p. 132) de la posguerra; esa nueva utopía a la cual condenó el talentoso psicólogo y pedagogo estadounidense, Burrhus Frederic Skinner, al afirmar que "el movimiento hippy tiene mucho que ver con el presente, con el aquí y el ahora, y eso puede ser desastroso. Ya que pude ser desastroso pensar únicamente en lo feliz que se puede ser por un momento. Estoy a favor de la felicidad, pero si no es más que eso, la cosa va durar muy poco. No va a durar y los movimientos hippies no van a durar" (Carandell, 1973b, p. 21).
Este afán por escapar de las tensiones, de los asesinatos, de las amenazas, de todas las guerras locales, de un mundo que va de mal en peor, de un mundo que no sabe estar en paz, los llevó a romper con el compromiso con la causa de los oprimidos, propio de los movimientos políticos y beats. Esto dejó ver que la sociedad no tenía salvación posible. Que dar la vuelta a las estructuras carecía de sentido, tanto como pretender derribar un bunker para reconstruirlo de otra manera. Resultando así, lo más fácil, abandonarlo y edificar algo nuevo en otra parte.
Este, es el compromiso adquirido: la protesta radical contra el sistema. Una protesta más emocional que racional, una protesta que se oponía al sistema en su totalidad: a su materialismo, al conformismo que caracteriza a los ciudadanos masificados; a la burocracia, que dirige y aniquila la fluidez de la vida; a las normas y prohibiciones que hacen posible supuestamente a la libertad; a los valores dominantes; a la propiedad, al trabajo, al dinero, la competencia, las diferencias de clases, la segregación racial, la represión ideológica; al mundo entero en general.
Sus consignas sin duda son radicales: "Salta, y abandona la sociedad" (Carandell, p. 122), pero al contrario de la vida furiosa y descreída de los beats, estos escapan para fundar un mundo nuevo. Un mundo que permita "hacer lo que agrade, siempre que se quiera hacer". Un mundo basado en el placer, un mundo que permita disfrutar las flores, las piedras y las personas que estén cerca. Un mundo lleno de seres humanos que no se doblan, estiran ni mutilan. Un mundo donde la práctica esencial sea el amor: el amor como actitud ante las cosas y las personas.
Su práctica del amor sexual carece de la violencia beat, que tan sólo pretendía destruir el tabú más sólido de la sociedad, apoderándose de la suavidad sugerida por el lenguaje y colorido de las flores. La consigna, cuasi slogan, adoptada del poeta latino Sexto Aurelio Propercio (-54 a -15) de "haz el amor y no la guerra", expone claramente el sentido hippy del amor, un amor que se opone a la violencia, un amor como forma de vida próximo a la franciscana del cristianismo. Un amor que engendra dichos sarcásticos como el de "La guerra es un buen negocio: invierta a su hijo en ella", un amor que permite distinguir a los peaceniks --cuya política activa fue oponerse a la guerra sostenida por el Gobierno de Estados Unidos en Vietnam y a toda guerra en general-- de los hippies quienes no piden paz, sino que la practican y hacen el amor mientras otros se matan con violencia.
Los hippies, aún cuando no intervienen en la sociedad no se olvidan de las personas que viven en ella. Fungen como misioneros que intentan convencer a otros de su verdad y de su vida. Una de sus normas llora así: "Cambia la mente de toda persona que encuentres. Llévala a la droga o, mejor, al amor, a la sinceridad, al placer. Sácala del cementerio del confort y del lujo" (p. 123).
Esta nueva religión panteísta, fundada en el amor, en todo lo que no sea sociedad corrompida, está dotada de una gran fe y un fuerte optimismo utópico. Una línea de sabiduría que oscila entre las filas de los cristianos puros y los budistas, con San Francisco de Asís y con Tolstoi, con Henry D. Thoreau y con Hermann Hesse. Una filosofía en que la vida emerge como el valor supremo, lleno de variedad, gusto, juego y alegría.
La forma de manifestar la nueva religión fue clara: colores psicodélicos, exóticos, tomados de los pueblos indios; las drogas (la marihuana y el LSD); los bailes no excitados y las maneras suaves.
Esta doctrina carece de verdad única. Lo único válido es que cada quien busque su propio camino en los principios señalados, sin jefes ni servidores, independientes, pero unidos a los demás por el amor y el compañerismo.
Esta religión sagrada para la juventud del hoy y del mañana tomó por adeptos no sólo a los jóvenes de las clases medias, sino a los de las clases superiores y a los de las trabajadoras, así como a un gran numero de adultos. Dejando ver su carácter universal y cuasi eterno. Abriendo los ojos de un sin número de buscadores de almas. De aspectos inmersos y olvidados en lo más profundo de la naturaleza humana. Dando de esta forma un giro a la existencia, regresando a las formas primarias, al centro de toda filosofía posmoderna, al origen, al centro del universo, a la única verdad: al ser.

1.4 Gotas de ácido sobre la suerte podrida de la reina
Bienaventurado el que lee y escucha las palabras de esta profecía, y observa las cosas escritas en ella, pues el tiempo está cerca.
Así habló el que tiene la espada afilada de dos cortes:
Bien sé que habitas en un lugar donde Satanás tiene su asiento, y mantienes mi nombre, y no has negado mi fe; aun en aquellos días en que los jóvenes fueron martirizados entre vosotros, donde Satanás mora.
Pues bien, el que tenga oídos que escuche, quien tenga ojos que se los pique. Que se los saque de un sólo golpe, con la misma fuerza como el sistema está acabando con nosotros. Con esos pequeños demonios que viajan cual fantasmas escondidos bajo la piel de algún amigo. Bajo la forma burda de una crisis que no sólo carcomió la economía norteamericana sino mundial, una crisis en la cual un pobre gasolinero sin cultura podía hacerse rico y famoso de la noche a la mañana, una crisis inesperada tras el boom y la estabilidad beat e hippie. Una crisis apoyada por la falta de imaginación y calidad en las nuevas generaciones de candidatos a ídolos. Una generación en parte sonido y en parte moda, una generación que racionaba su tiempo, que pretendía volver a los orígenes, a la carencia de sofisticación, al reto primario de la rebeldía. Una generación que no hacía otra cosa que remodelar la historia, rompiendo con el sinfonismo abstracto y folklórico de las escuelas anteriores. Una generación que experimentó con el retroceso sónico, creando un abismo que le aisló y autocondenó como una moda en vías de extinción. Una generación que sabía que el futuro no era para ellos sino para los artistas comerciales e intranscendentes. Una generación que afirmaba que ellos estarían firmes el tiempo suficiente "para ganar dinero y desaparecer, mientras que los del sistema (clásicos) para perdurar en el tiempo" (Sierra I Fabra, 1986, p. 13).
Estas son las coordenadas apocalípticas de los hijos del culto a la basura y los enfermos del siglo XX. Este es el vértice donde se conjuga el esplendor y maravilla de las estructuras podridas y mal olientes. Este es la fosa oscura donde se arrojaron los alarmantes desechos del mundo. Esta es su locura, ¿su nombre?: el Punk (Tapia, 1992, p. 26).
El destino se embiste y se escucha. Se maldice y se limita. Nos hemos desbordado. Engañosamente hemos despilfarrado toda materia. Por fin nos hemos dado cuenta que esta vieja y gastada Tierra no es inagotable. El globo se cotiza y se hacen familiares conceptos tales como "polución", "desgaste" y "extinción". Los malditos especuladores del fin del mundo han vuelto a predecir la calamidad de un tétrica destrucción. De la autodestrucción.
Árabes e israelíes hacen estallar su sexta guerra el verano del 73, racionando y elevando los precios del crudo, desarticulando la frágil balanza de la economía mundial. Gobiernos enteros se envisten del crack. Ahora si, en un mundo de superabundancia falta todo tipo de energía. Y no fue hasta el 76 cuando volvió a brillar el hechizante y tenue sol del pop, comenzaba el punk. Se reinventaban las modas.
Por fin se dijo adiós a la espiritualidad significativa, a la "búsqueda de algo más" en las drogas, y se dio la bienvenida a la deshumanización, a la soledad multitudinaria, al animal individual que es el humano. De ahora en adelante el Dios del cielo será suplido por el Dios de la guitarra. La música será el instrumento de los profetas y el exceso "la nueva palabra" del mundo. "La cabeza embotellada de Dios"(léase el L.S.D.) será sustituido por el Cristo que recorre las venas esféricas de Lou Reed (la heroína).
Por lo visto la evolución ha quedado atrás, eso es para los viejos, la juventud exige y sólo tolera el presente. Un presente lleno de miedos, presiones, crisis energéticas y económicas, falto de recurso, con una amplia necesidad de supervivencia. Un presente fugaz, breve, ruidoso, lleno de homosexuales, degenerados, de retrogradas, de seres que no hacen otra cosa que retar a las estructuras con tal de conseguir el "máximo avance".
Hoy por hoy, todo vale y todo se vale. No hay nada que no este permitido. La mejor forma de atacar el sistema es degenerándolo. Desvirtuándolo. Haciendo ver el tiempo y el espacio como algo vago e impreciso. Lleno de formas curiosas, de burla. De primitivismo.
Aún cuando los críticos afirman que en 1977 el Punk Rock (Greenwald, 1992, p. 83) fue sólo privativo de Inglaterra y nadie le hizo caso masivo en Norteamérica --mientras que en 1974 y 75, el rock degenerado (Sierra I Fabra, p. 56) fue baluarte americano casi exclusivamente-- el Punk Rock fue la modalidad que vino a dotar a la juventud mundial, esencialmente a la americana, de una liberación de tensiones, haciendo del mundo una violencia nueva y desorbitada.
Y hablo de la música, porque este movimiento, al igual que el hippie, fue más musical que literario. Sin embargo, fueron sus textos y poemas convertidos en canciones, los que hicieron de esta escena dantesca un movimiento social que habría de trasmutar los valores, costumbres, hábitos y personalidades de las nuevas generaciones de hombres y artistas.
La historia traza dilemas y los hombres paradigmas. No obstante, en medio de esta encrucijada social no hubo milagros.
La cultura se fusionó con la industria. Las formas tristes y góticas hacían de la moda algo gris y oscuro. Y es que nadie puede meterse en una porqueriza sin salir al menos, oliendo a cerdo, aunque no se sea un cerdo.
El germen estaba en el aire, o en lo poco que queda de ello. Moott the Hoople afirmaba "todos los jóvenes dudan" (Greenwald, 1992, p. 53), el "Gay power" había dejado de existir, y aún cuando el Punk tomó forma en 1976, adquiriendo renombre, fama y consistencia (sobre todo en la música), sus ecos se encuentran desde los 60 en la obra de Charles Bukowski, considerado por muchos como el último beat y el primer punk por frases tales como "no es ése su motivo: simplemente están aburridos y no les preocupa si tú te mueres, vuelas o tiras un pedo. No, más bien prefieren que no te tires un pedo" (Bukowski, 1994, p. 29) o "y las cosas no cambian gran cosa en ningún sitio. El asunto de Praga ha desanimado a muchos chicos que se habían olvidado de Hungría, andan por los parques con el ídolo Che, con fotos de Castro en sus amuletos, ahí van OOOOOOOOOOOOMMMMM OOOOOOOOOOOOMMMMMMMM, bajo los auspicios de William Burroughs, Jean Genet y Allen Ginsberg. Esos escritores están liquidados, suavizados, atontados, agilipollados, afeminados (no amariconados sino afeminados) y si yo fuese un poli qué ganas me darían de machacar sus cerebros podridos" (Bukowski, 1994b, p. 67).
El punk, sin lugar a dudas, surge como una defensa o autodefensa de un sector muy joven de la sociedad. El punk, que para muchos viene a significar "porquería", "basura", "algo despreciable", y en general cualquier palabra asociada a éstas y dirigida contra el centro de la cuestión de que se trate, intentando ridiculizarla o menospreciarla sañudamente, no hizo otra cosa que despreciar y burlarse del sistema establecido.
Al principio el término se empleó para designar satíricamente a un tipo de músicos surgidos en la Costa Oeste americana, que no tenían la habilidad y calidad de los buenos músicos instrumentistas aparecidos durante el fulgor hippie. De ahí en adelante el término se emplearía para designar a todo aquello que fuera condenadamente malo. Y por lo visto estos aumentaron, se hicieron legión, manada, espectros, demonios.
Era 1969, el beat moría y Estados Unidos dirigía las pautas sónicas del cambio. Los punketos podían ocultarse entonces en el underground (Carandell, p. 103), como fue en realidad. Sonar mal tenía la "excusa" de que el responsable fuera un "vanguardista".
Sin embargo, el punk nació limitado y empobrecido. Su doctrina, abortaba cualquier perspectiva: "Si tienes 20 años eres mayor y maduro. Si pasas de los 25 ya eres viejo... y si pasas de los 30 bueno ¿qué haces todavía vivo, ancianito?" (Sierra I Fabra, p. 108) Pégate un tiro.
El punk era una moda que de entrada ponía topes, barreras, y que por tanto, se cortaba las alas e impedía confiar en un futuro. Un futuro que no cuenta porque escapa de la escena lógica del pensamiento. Porque está a fuera de cualquier suceso entendible e idealizado. El futuro es un sacrificio duro de entender, como cualquier fenómeno de la existencia.
La irrupción del Punk como cualquier movimiento fue gradual, influyendo obviamente en el contexto de esos años completamente grises y escasos de novedades. El declive del punk, en 1978, acentuó la crisis de creatividad dando lugar a la última gran dispersión, sus subdivisiones: el New Wave (1977), el postpunk (1978), el Two-Tone (1979), Los New Romantics y el Pop reaccionario(1980), el hardcore (1981), el post New Wave (1982), el industrial (1985), el grunge (1987) y finalmente el neo punk (1990), de las cuales, casi todas, llegan hasta nuestros días.
La caída del punk trajo consigo movimientos menos tremendistas y agresivos, llenos de ritmo, actualización y cambio. Estos prometían naturalidad pero sólo superficialmente. Los "Sex Pistols" (Tobler, 1991, p. 280), el grupo que más “desmadre” armó, fiel a sí mismo desapareció en enero del 69, tras el suicidio claro y legal de su guitarrista John Simon Ritchie, mejor conocido como Sid Vicious (Cox, 1991, p. 258), también acusado del asesinato de su novia.
Esta nueva forma de vida, llena de jóvenes punks drogados, de ardor, de medias de hule, de zapatos de cuero, de minifaldas hechas de bolsa de mandado, de pantaletas con la imagen de la reina de Londres, de intolerancia, dejó tras de si la marca del infierno terrenal. La mácula del travestismo y la distorsión, del sexo oral y la depravación, de las prostitutas incineradas, del tiempo inexistente, del final feliz y Dios, de la irreverencia, la monstruosidad, el freak, la embriaguez, el consumo, la blasfemia, la mierda, la sangre, los vampiros, la prisión, la muerte. La muerte de verdad.
Una muerte televisada, espectral, descrita con plumas y sin ángeles. Una muerte tan contaminada como la concentración de OVNIS en el corazón y en el alma. Una muerte que como torbellino recorre el aire dejando el ambiente cargado de sustancias radioactivas y motocicletas extasiantes. Este jugo de naranja gracias a Dios liberó al animal dormido en cada hombre. Expuso la exótica imagen bestial que por tantos siglos habíamos escondido trayendo de Este a Oeste, la felicidad, la diversión. La descomposición.
De ahora en adelante las nuevas modas mostrarán menos suciedad, más brillantina para el cabello, trajes y corbatas cincuentonas, textos menos salvajes, pero sobre todo, de ellas habrá de surgir el futuro.

1.5 Porque el día de mañana el mundo estará en el mismo lugar que hoy (McCaffery y Gregory, 1988, p. 52)
¡Desprotegidas las almas que caminan con la cabeza bajo los hombros pensando en su suerte! Quizá esa es la suerte de los mortales, dejarse arroyar por el peso de los siete sellos y los cuatro jinetes, una revelación infernal sin duda. Una querella para las muchedumbres. Un misterio para los santos. En pocas palabras el "Apocalipsis" venido a menos en el seno de la Estatua de la Libertad.
Es esta la tierra de nadie, el legado de la historia angustiante que se venía gestando desde los cincuenta. Una historia en que sus protagonistas han perdido ambición alguna. ¿Su suerte?, se ha visto acompañada por el infortunio y el deseo de muerte. Sin embargo, la única manera de contemplar las cosas hoy en día es viéndolas desde su lado oscuro, si no, nunca nos llegará la iluminación.
Este súbito aclaramiento, es el símil de las revelaciones y el fin de los misterios. El allanamiento de las buenas costumbres y la comprensión anticipada de lo que hasta ahora ha venido pasando.
Es verdad, habrá que acabar con los juegos triviales y los juegos literarios. El mundo de por si ya es una carga pesada como para detenernos en efectos minuciosos y barrocos. Hay que evitar el bostezo que induce la vida moderna. Hay que romper de una vez por todas con ese pasado tormentoso que recorre las calles de Norteamérica, con la locura que privó las mentes de sus jóvenes e hizo de su nación el manicomio más grande del mundo.
No cabe duda, hay que acabar con ella. ¿La forma? Quizá sea la palabra nuestro único y certero recurso. Quizá solo la escritura pueda limitar el avance de los desiertos donde abundan los lagartos y las dunas, quizá sólo ella pueda devolver a los humanos a esa tierra que sólo resulta interesante a los científicos especializados.
Por el momento, el caos, la dispersión y lo que es peor, la decepción, seguirán siendo el pretexto de la innovación. Siendo con esto el escritor "un transmisor de las noticias del mundo"3
* (Carver, 1988, p. 50).
Principios de los ochenta: aquella Norteamérica que festejara el sabor aventurero, la experimentación psicodélica y la anarquía, se había hundido en su propio excremento. La normalidad giraba entorno a palabras como aborto, heroína y prostitución. La juventud de clase media había roto definitivamente con sus familias, lo mismo daba "tocarse" entre ella o acostarse con algún profesor con tal de obtener dinero o un poco de droga. Los hospitales para tratamiento de desintoxicación, sobredosis y aborto eran los hogares comunes. La desmotivación y la vida errante eran la esencia de los setenta y nadie se podría quedar atrás.
La cultura se vanagloriaba con el ingenio de las masas que se cubrían con el slogan del "hazlo tú mismo" (Tapia, 1993, p. 17). La pasión por la acumulación y el confort se volvió el sustento del status.
Los americanos habían aprendido lo suficiente; vivir la vida, aún cuando se estaba asqueado y perplejo del mundo. La duda y la incertidumbre no dejaba de entrometerse en sus atrofiados cráneos. La felicidad se centró en el materialismo, y como las cosas faltaban, la felicidad se vino a cueste. Y ya nada siguió su afluente. Las emociones y las expresiones se hicieron imprecisas e inútiles, los ojos carcomieron el mundo y devolvieron todo cuanto habían ganado.
El mundo se hizo tan fragmentado, reducido y silencioso, que sólo alguien con ojos honestos y deseos de vivir podría salir adelante en medio de tanta bruma y misterio.
La América gótica estaba muriendo, la escritura se postula como el acto de descubrimiento y develación. La palabra cobra sentido y significación, expresión y maridaje con la realidad. La realidad se vuelve sucia (dirty realism) (Riera, 1988, p. 66), árida, hostil, en pocas palabras, minimalista a decir verdad.
Es así como surge esta generación de escritores que rompen las limitaciones conocidas del silencio. Es aquí donde resurge el relato corto norteamericano; la ficción tersa, oblicua, realista o hiperrealista, extrospectiva y ligeramente tramada en apariencia fría.
Es aquí donde surge el realismo de K-Mart, (como la llama uno de sus protagonistas, John Barth), el "Hick chic", el "minimalismo de Diet-Pepsi" y el "nuevo-temprano-hemingwayismo post Vietnam, post-literario, postmodernismo de moño azul" (Barth, 1988, p. 60).
Y es a partir de entonces que nombres como John Irving, Richard Ford, John Updike, David Leavitt, Jayne Ann Phillips, Frederick Barthelme, Ann Beattie, Raymond Carver, Bobbie Ann Mason, James Robison, Mary Robison, John Barth y Tobias Wolf, empiezan a resonar como ecos en un mundo escondido bajo su concha.
Sin embargo, la estética minimalista es un legado de la búsqueda de la certeza propia de Descartes, un axioma digno de Heidegger4* donde lo que importa es la indagación en el ser de las cosas, y a juicio de los minimalistas en la palabra brota la esencia.
Este vislumbramiento del mundo con el rabillo del ojo, propone la narración breve como la lengua absoluta y fuente única de la descripción viva y detallada, Carver afirma que "El mundo es un lugar amenazador" (McCaffery y Gregory, 1988, p. 54) y hay que describirlo con fidelidad para estar preparados para cuando ataque.
Esta línea debajo de otra no es más que la muestra de que la amenaza está en el texto, que la tensión y el sentimiento son las únicas cosas que ocurren con certeza, que las cosas están dormidas prestas a despertar y atormentar la vida de los mortales.
Desde el minimalismo, se espera que el mundo, al menos en un determinado momento, permanezca en su sitio, que la esperanza se sobreponga como un nuevo sentido, y el amor por las cosas de este mundo supere el pesimismo que baila entorno a un horno microondas, un avión a reacción o un coche caro.
Ellos y sólo ellos, dotaron de voz a la comunidad corriente ligeramente perturbada por la amenaza mundial, sus cuentas pendientes van de la esquizofrenia que produce la mujer de la limpieza a la locura diabólica de una lavadora de platos, y no sólo eso, su lenguaje a dotado a las cosas (sillas, cortinas, tenedores, piedras y pendientes) de un poder inmenso y asombroso figurando en los relatos no como objetos inertes sino como conceptos y presencias que cobran vida propia y peso al estar conectadas con las vidas que acontecen a su alrededor5* .
Están ahí, y hay que enfrentarlas día con día. Hay que enfrentarse a toda clase de distracciones, trabajos extrañísimos y especializados, a responsabilidades familiares y vidas frágiles tal cual Dios enfrenta a su creación: invisible y todopoderosos, omnipresente sin que se le vea en ninguna parte, dejando a sus corderos desamparados en un valle abierto infesto de alimañas y animales rastreros.
En el discurso minimalista, ya sea visual o literario, el mundo cobra una atmósfera estática y ambigua, los personajes vagan inarticulados e incapaces de verbalizar su condición, que en ocasiones no comprenden del todo, ni por qué las cosas salen mal. Estos seres aturdidos y confusos, son los mismos que sienten pánico cuando alguien llama a su puerta de noche o de día, son los mismos que temen contestar el teléfono, pagar el alquiler o arreglar la nevera.
El dolor y la miseria son los rasgos típicos de estos derrotados y sin medios económicos y espirituales. Nadie mejor que ellos, saben por qué pueden ir por la vida sin bostezar. Nadie mejor que ellos sabe por qué la realidad superó la ensoñación. Nadie mejor que ellos sabe por qué hay que minimizar las coacciones, minimizar los límites, reducir al máximo las cosas que no se pueden hacer. Nadie mejor que ellos pueden hablar a través de personajes que quizás no pueden hablar por ellos mismos en la vida real.... Nadie mejor que ellos.... en el incipiente momento de menos a más.
Este retrato urbano, crítico, ácido, absurdo y grotesco de la sociedad norteamericana suele estar teñido de referencias que en su momento fueron denominadas pop. Estos hijos de charlatanes visionarios y madres psíquicamente inestables e incapaz de responsabilizarse de sus indeseados vástagos, exploraron las líneas más superfluas y carentes de interpretación, destacando los detalles con un sexto sentido propio de los dementes y los que sobreviven a los campos de batalla.
Odio... acción... violencia... muerte... en una palabra: ¡emoción! es lo que cohabita en estas crueles, iconoclastas y desenfadadas narraciones. Una desnudez tan incisiva como aplastante que anuncia que "la decadencia se produce porque la aceptamos sin luchar" (Freixas, 1990, p. 67).
Con el minimalismo se abren nuevas puertas en la literatura como caminos en la contemplación y la protesta contra un mundo carente de placer, vacío de sentido y en bancarrota espiritual y cultural. Se explora lo sentimental y lo efectista, se crean nuevos sentidos y se rinde culto a las vidas corrientes y perturbadas. Se expanden los limites de la tristeza y el mendigar ingresos por trabajos irrelevantes y antipáticos. Con el minimalismo se hace consciencia de la ausencia del mito en la vida moderna, se crean nuevas imágenes e ilusiones que se desvanecen por si mismas. Con el minimalismo se recalca lo reducido que se encuentra el mundo, la simplificación de la vida moderna y la atmósfera de silencio que se repite con tal fuerza que nos obliga a imaginar una vida ajena a la que nos corresponde6
_.
Esta réplica de condiciones es producto del accidente de lo casual y la experiencia no estructurada.
Norteamérica, el comercial más largo de si mismo, luce extasiada porque el hombre de la calle ha aprendido a contemplar la vida en términos cósmicos y abismales. Su intimidad ha sido anulada, quedando al descubierto sus falsas representaciones y distanciamientos.
La falta de memoria crea un vínculo fantasmal con las pesadillas y estados de trance que producen los hombres y las calles corroídas de sus pueblos. Estas oscuras sugerencias hacen del amor un "acto homicida, autodestructivo, simbiótico y fugitivo" (Robinson, 1990, p. 38).
La vida corriente se nos está yendo de las manos, su calídez se ha vuelto un sacrificio convocado. El distanciamiento obliga a la transferencia y a la violación de las normas. Las responsabilidades se disipan y nos sumergen en la calma, en ese ritual común donde los desesperados prueban su suerte y sus placeres perdidos; donde la fidelidad carece de una buena reputación y por ende de una buena forma de morir.
Este es el punto donde las personas insensibles recobran sentimientos, donde la belleza se dirige al alma y no a los ojos centrados en los bolsillos vacíos. Aún quedan ideas dentro de las cosas. Todavía hay preocupaciones que pueden ocupar un sitio bello en medio de las formas.
¡Qué alguien venga y nos diga que existen filosofías que relevan los rincones oscuros de la vida! Que existen infiernos que no dejan ciegos ni violan las normas comunes. Que existen razones para ser feliz y abandonar las creencias anteriores.
¡Vengan pues poetas y derramen su sangre sobre las mentes vacías de nuestros tiempos! ¡Derroten a las legiones que invaden de plagas el mundo entero y sométanos con sus palabras! No con la palabra, sino con sus palabras gloriosas y bien enfundadas. ¡Muéstrenos la piel de las cosas!, que de lo otro, ya nos encargaremos después de meditar.

1.6 Muchas voces, muchos ecos, sofocan Babel.
En medio de visiones maravillosas y esperanzas reprimidas se internaron los viajeros en paisajes sorprendentes y nebulosos. Habían llegado hasta ahí, a una tierra donde se hablaba una "misma lengua" y se usaban las "mismas palabras". Una tierra exótica por diversa y sorprendentemente parecida entre si. Cada punto se multiplicaba en formas y figuras distintas. Sin embargo, la sombra que colgaba sobre sus cabezas era la misma. Los hombres llegados de oriente encontraron una llanura acogedora por misteriosa y virginal. Voltearon a verse y dijeron para sí: "Edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos famosos y no andemos más dispersos por la tierra..." (Gen 10, 1-11, 9). No obstante, los designios divinos maldijeron la empresa y confundieron los lenguajes. Los hombres guardaron silencio y, cuando intentaron reconstruir palabras, no se entendían los unos a los otros. La confusión y el desencanto los dispersó por la tierra y cesó con esto la construcción de la nación. El barullo se dejó sentir, y así, en medio del desajuste cada cultura emprendió una nueva empresa: la reconstrucción del mundo. La narración perdida de los años de silencio. La descripción exacta de la tierra prometida, esa América ignota aún para sus constructores. Los guardianes del secreto, los que yacen bajo un mismo sol.
La historia gira y se invierte. Las marcas y las señales nos muestran que el paradero se encuentra a finales del siglo XVI, cuando Isabel I, desesperada por el desarrollo mercantil y la presión de 4,000,000 de súbditos --hundidos en la pobreza-- tomó la obligada decisión de buscar nuevos mercados, enviando así dos expediciones al norte del continente americano. Calladamente, buscaba nuevas tierras donde proporcionarles esperanza. Las expediciones fracasaron, pero sus sobrevivientes corrieron la noticia de tierras con mejor clima y materias abundantes. En Inglaterra, millones de labriegos eran expulsado de tierras comunales destinadas a la cría de ovejas. La fertilidad se expandió como pólvora en los oídos desesperanzados de aquellos que vivían en un Londres abigarrado, sucio y maloliente. La noticia de campos frescos, desplazó la conciencia de las epidemias. El dramaturgo Richard Hakluyt, tomó la pluma y la mochila para impulsar con su Westward ho! a miles de jóvenes a embarcarse en busca de una mejor vida. Folletos que apelaban las razones de emigrar llegaron a todos los hogares. La sobrepoblación, el desempleo, los beneficios económicos pero, sobre todo, la falta de libertad religiosa, fueron razones de más para que gente como el cronista Edward Hayer, gritaran a viva voz que habían recibido un encargo divino: "extender el protestantismo, la verdadera religión a las nuevas tierras" (Moyano y Baez, 1993, p. 7).
El comercio lanar acumuló el capital necesario para organizar campañas colonizadoras, las cuales transportaron bajo el modelo de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, a millones de gentes libres y forzadas a escribir una nueva historia.
Bajo este modelo colonizador, los ingleses trasplantaron sus unidades vitales. Reprodujeron su mundo, modos y vidas, empujando con esto a los nativos fuera de los territorios "conquistados". Dada la regionalización de la isla dividida en Inglaterra, Gales y Escocia entre otras, el transplante sufrió mutaciones. Una lengua comprendía mundos diferentes. Cuatro fueron las migraciones británicas que configuraron la región, posteriormente llegaron europeos, asiáticos, africanos e hispanoamericanos. Este complejo movimiento de traslación creó el magnífico campo de cultivo que es lo que hoy conocemos como Estados Unidos de Norteamérica.
En el periodo comprendido entre 1607 y 1775 se dieron las cuatro grandes migraciones que saturaron de nuevas culturas y fronteras la tierra prometida. La primera integrada por los puritanos o calvinistas del este de Inglaterra. La segunda migración que comprendía a un gran número de sirvientes escriturados del sur de la isla y a una élite monárquica que escapó de Inglaterra durante la guerra civil (1642-60). La tercera, era de hombres venidos de la región central del norte y de Gales hacia el valle del río Delaware, y finalmente la cuarta, llegó de la frontera con Escocia y norte de Irlanda a la frontera de los Apalaches entre 1718 y 1775.
La historia de nuestra historia se desarrolla y se prolonga con la llegada de las inmigraciones africanas a las colonias inglesas de Norteamérica, las cuales tuvieron lugar durante más de dos siglos en el periodo colonial. Los primeros negros llegaron a Virginia en 1619 como sirvientes escriturados y no fue hasta el siglo XIX que se prohibió el comercio de esclavos, finalizando así la "inmigración" africana.
Esta transfusión cultural no fue un fenómeno voluntario sino forzado, los involucrados terminaron adaptándose a la nueva nación por su condición de esclavos. El origen de estos estaba en el oeste de África, principalmente en la zona de Ghana, Mali y Sudán.
Dentro de los grupos llegados de Ghana, estaban los Koromantinos, Fantees y Minas, condicionados por la guerra desde la infancia, lo cual los hacia ser muy despiertos y robustos. Esto mismo los hacia peligrosos en las plantaciones donde se postulaban como líderes e instigadores al levantamiento.
De Nigeria fueron "arrastrados" los Igbos o Ibibios, los cuales eran empecinados y agresivos, lo que hacia de su naturaleza campo propicio para el suicidio.
De la región de Dahomey llegaron los nocos, los Gaboneses, Popos, Andras y los Chidaws. Los Popos, eran considerados "los mejores esclavos"; los Chidaws, tenían una "excelente reputación"; los Gaboneses, eran conocidos "por perezosos". Los procedentes de los reinos del Congo y Benin sobresalían en los trabajos artesanales en metal, tejido y cerámica.
La cacería humana estuvo, desde sus orígenes, llena de violencia y resistencia. La muerte, por hambre o mutilación, al igual que el suicidio, eran las modalidades naturales y forzadas para poder regresar al lugar de origen.
En la madre África, la familia era una institución de gran importancia, pues se agrupaban en clanes reconociendo a un antepasado común. Esta práctica se vio entorpecida cuando los "nuevos esclavos" arribaron a tierras "libres" y fueron separados de sus conocidos y familiares. Esta ruptura los obligaba a desconocer religiones, creencias y costumbres pasadas. La imposibilidad de contacto con otros esclavos de origen ajeno al suyo, les impedía desarrollar lenguaje y actitudes externas a las de sus "amos".
Las diferencias regionales entre colonias, influyeron en el "funcionamiento" de los inmigrantes. En el norte fungían como sirvientes domésticos, mientras que en el sur se convirtieron en institución indispensable para la economía, cuando se reglamento su sujeción entre 1660 y 1669.
Aún tras la independencia de la colonia en 1776, siguieron llegando africanos “a la tierra de las esperanzas”. Siglos enteros de falsa liberación, tras guerras civiles y cartas de abolición, tuvieron que pasar para que en la década de los 60 se gestaran movimientos tan fuertes como "the black power", "the Black panters" y "Back to Africa" (Cantor, 1973, p. 293), donde personajes como Martin Luther King y Malcom X, entregaron su cuerpo y alma a los perros policías de Birmingham, Alabama y Nueva York (Grant, 1990, p. 79) para integrar culturas y desvanecer el concepto de la "africanización de América Latina" (Castaneda, 1990, p. 65).

Girando y conjuntando historias paralelas, llegamos a la colonia donde el número de judíos no era mayor de 3,000. La mayoría de ellos arribaron a suelo fértil tras huir de la persecución religiosa en España y Portugal. Estos, mejor conocidos como sefraditas o "marranos"7*, se establecieron en Nueva Holanda por ser la región más tolerante, ahí fundaron sinagogas. Cuando Nueva Amsterdam pasó a ser colonia inglesa; Nueva York, en 1962, los sefraditas inauguraron su primer sinagoga en la América inglesa (1683). Para 1727, la Asamblea General de la colonia de Nueva York emitió una ley que permitía la naturalización de los judíos. Con esto, gozaron privilegios comunes a los demás habitantes de las ciudades y provincias.
El segundo establecimiento judío fue en Newport, Rhode Island, donde Roger Williams había fundado una colonia (1636) para dar refugio a todas las religiones, exceptuando las "papistas" o católicas. En 1658 se estableció el primer grupo judío, el cual contaba con sesenta familias para 1776. A finales del siglo XVIII, este puerto era el tercero en importancia, lo que permitió la llegada de comerciantes judíos que contaban con importantes conexiones mercantiles con Europa y el Caribe. Estos sefraditas, que comerciaban bajo la bandera inglesa, estaban cansados de esconderse de la Inquisición. Esta situación fue de vital importancia para que durante la revolución de Independencia, la comunidad judía de Newport escapara a Nueva York, Filadelfia y Massachusetts.
Los judíos conocidos como ashkenazi8*, llegaron a Norteamérica vía Filadelfia, donde fundaron varios establecimientos al igual que en Pensilvania. Ahí se dedicaron a comerciar con los indios.
Carolina del Sur fue la cuarta colonia que abrió sus puertas a judíos. En 1750 fundaron una sinagoga, donde la mayoría eran sefraditas. Al momento de la Independencia había cinco comunidades judías, la quinta se había organizado en Georgia, aprovechando la liberalidad de sus fundadores. Al empezar la revolución había 2,500 judíos, la mayoría sefraditas, eran gente culta y rica, orgullosa de su historia.
En el siglo XIX, los judíos alemanes, pobres e ignorantes, se abrieron paso, llegando entre 1815 y 1890. Las guerras napoleónicas dejaron a los estados alemanes sumidos en la pobreza y la falta de oportunidades, además de que restituyeron las leyes medievales en contra de los judíos, acto que desencadenó una enorme ola de emigrantes.
Esta segunda ola, estaba llena de generaciones acostumbradas a vivir en ghettos, donde eran forzados a llevar la marca de la estrella de David como identificación. Aún cuando estos eran ignorantes, guardaban amplio respeto por la educación. En su mayoría eran liberales, metódicos, sobrios y trabajadores. Establecieron sus comunidades en las ciudades del medio oeste. Fueron los primeros en llegar a California y entre sus descendientes hubo rabinos, abogados, médicos, profesores universitarios, políticos y grandes intelectuales. Su característica más sobresaliente fue el organizar instituciones filantrópicas sin nexo religioso. Para 1880, la comunidad judía era bastante homogénea, el idioma yiddish había sido cambiado por el alemán y se dedicaban al comercio. El lazo de unión de la rama ashkenazi fue el haber sido perseguidos donde quiera que habían vivido.
De 1865 a 1880 descendió la inmigración judío-alemana, pues se habían abolido en Alemania las leyes antisemitas. En 1875 se fundó la Universidad Hebrea, la cual permitió a los jóvenes estudiar en el nuevo país. Se fundó el periódico en inglés The Israelite y otro en alemán. Para 1880 los judíos-alemanes dominaban la vida judía en Estados Unidos.
Después de 1880 llegaron de Polonia, Rumania y Rusia, judíos pobres y perseguidos por las leyes antisemitas. Estos, dada su persecución, eran fanáticos y sectarios. Los rusos emigraron con pueblos enteros. Su mayoría traían ideas socialistas, eran radicales y no sabían nada de democracia, de partidos políticos y del derecho de voto, lo que hizo que sus primeras instituciones fracasaran en los Estados Unidos. Su actitud radical los llevó a asociarse al Partido Comunista, formando motines y protestas. La mayoría se establecieron en las ciudades atlánticas como empleados en sastrerías y factorías. El 72% se quedo en los barrios bajos de Nueva York, habiendo para finales de siglo "judíos pobres, ricos, ignorantes, sabios, proletarios y banqueros, con ideologías ortodoxas, socialistas, sionistas o anárquicas" (Moyano y Baez, p. 125).
Los rusos, al principio rechazaron los intentos de los judíos-alemanes por "americanizarlos" dentro de las universidades. La mayoría se convirtió al sionismo, intentando con esto establecer un país en Palestina para los judíos del mundo entero. A principios del siglo XX fundaron la Organización Sionista de América, siendo así un grupo de presión ante el Congreso de Estados Unidos.
Estos judíos, que al principio se establecieron en la industria de la ropa, protestaron por la injusticia y explotación que sufrían en las fábricas, lo que los llevo a formar en 1877 el primer sindicato judío. Uno de sus líderes, Abraham Chan, fundó el periódico Forward en yiddish, Morris Hilguit, escribió la Historia del socialismo en América y el más famoso, Samuel Gompera, fue nombrado presidente de la Federación Americana del Trabajo.
Desde mediados del siglo XIX los judíos americanos intervinieron en favor de los judíos perseguidos en otros países. En Suiza, bajo petición de Abraham Lincon, consiguieron obtener la ciudadanía. Lo mismo pasó en 1878 en Rumania. Sin embargo, en la década de los veinte se legisló en su contra, quitándoles el permiso de practicar algunas profesiones. En 1930 los judíos se extendieron por Nueva York en los barrios de Manhattan, Brooklyn y el Bronx, Chicago, Filadelfia, Pensilvania, Illinois, Massachusetts, Ohio y Nueva Jersey. Muchos eran dueños de fábricas de minas, de grandes tiendas departamentales, otros trabajaban en universidades, teatros, orquestas y periódicos. Para este entonces, los judíos se habían dividido en tres grupos religiosos: los reformados, los conservadores y los ortodoxos, además de entre alemanes, españoles, portugueses y europeos orientales.
Dado al miedo al comunismo, la Ley de Inmigración (1921) permitió reducir menos de un cuarto la cantidad de inmigrantes. Los horrores del nazismo levantaron una nueva ola de antisemitismo aumentando los miembros a la organización sionista. Aún cuando su comunidad no excede un 3% de la población norteamericana, su contribución a la vida ha sido enorme: cientos de científicos, abogados, banquero, políticos, industriales, ensayistas, novelistas y poetas.

Cumple sus ciclos la historia y se revierte contra los suyos. Las encrucijadas y los paradojas son propias de invasores. Absurdo pero cierto. Inmigrantes de su propia tierra. Extranjeros de su razón. Esa es la historia de los que se incorporaron a Norteamérica como fuerza laboral no por inmigración sino por conquista. A cambio de unas cuantas batallas de empuje y expulsión. Esa es la historia de un pueblo que viró su naturaleza por la de una tribu de viajeros errantes. Una oleada de pasajeros odiados en sus comarcas. Casi una secta de expatriados viviendo el éxodo constante del desconocimiento y la falta de asimilación. Esas son las señas particulares de la nación en flujo, de los mexicanos. De los expatriados de su cultura a cambio de la nación de Dios.
Así comienza esta historia, en medio de conquistas y un Tratado9* que hace de más de 70,000 mexicanos, ciudadanos norteamericanos. El gobierno mexicano siempre atento, como policías de transito, envió agentes para repatriar a los que no querían quedarse, sin embargo sólo 2,000 lo lograron. Aquellos que habían decidido instalarse en La Mesilla --la cual se vendió a Estados Unidos en 1854-- de todas formas pasaron a ser norteamericanos. Los texanos que lograron regresar a México se integraron a la población de Reynosa, Camargo y Nuevo Laredo. La historia continua de la inmigración mexicana en gran parte se debe a la cercanía geográfica, por el contacto de parientes o conocidos y sobre todo, por la idea de hacer dinero y regresar a su pueblo de origen.
La historia de estos inmigrantes es una historia de búsqueda y buscados. Búsqueda de una tierra prometida y buscados por los intereses agrícolas, minero y ferrocarrileros norteamericanos, además de por la policía fronteriza.
La primera inmigración tras la guerra de 1846, se dio en Californaia donde sonorenses se expandieron como muchos hacia los rastros de la fiebre del oro. Campañas en su contra los forzaron a regresar. No obstante se refugiaron en los pueblos del sur de California. Esta situación preocupó a ambos gobiernos, por lo que, en 1861 Benito Juárez concedió tierras a los que regresaran. En 1871, se empleó a los residentes a la construcción de los ferrocarriles y en las minas de Arizona. El desarrollo del suroeste tuvo lugar gracias a la construcción del ferrocarril y a la mano de obra barata, factor de vital importancia para que los "reclutadores" recorrieran la frontera en busca de trabajadores. La mala paga los obligó a vivir junto a las vías y en los furgones de carga, además de que se les estaba vedado vivir en los pueblos norteamericanos.
En 1883 la Ley de Colonización y Baldíos les ofreció 200 hectáreas en la región fronteriza. Pese a, un tal Luis Siliceo, firmó un contrato con la Secretaría de Fomento y fundó el periódico El Coloso, con el cual invitaba a sus compatriotas a colonizar terrenos baldíos en México. Al parecer su intento fue fallido, ya que los inmigrantes buscaban establecerse, aún cuando su condición estuviera marcada como la fuerza laboral más baja del país.
La expulsión de los chinos de California (1880), favoreció a que llegaran peones de Guanajuato, Zacatecas, Michoacán, Sonora y Chihuahua, a la construcción del ferrocarril Southern Pacific en 1893. Al dejar sus pueblos, dos fuertes instituciones cobraron auge: la familia y las mutualidades. Esta ayuda mutua los llevó a formar asociaciones que protegieran sus derechos y privilegios, tales como el Club Mexicano Independiente fundado en 1914 en Santa Bárbara. Previniendo el desarrollo de una cultura diluida, celebraban con fervor sus festividades, promoviendo la interacción social ente mexicanos inmigrantes y los nativos o chicanos.
Durante el periodo de recesión los trabajadores mexicanos lograron fundar la Alianza Hispano-Americana en Arizona (1894), y así defender en conjunto sus intereses.
La diferencia de las inmigraciones de otros siglos con la de este, está en las deportaciones masivas; el que muchos viven en México y cruzan diariamente a trabajar y, finalmente, en que los mexicanos han sido reacios a nacionalizarse.
El factor "gancho" de este siglo se dio con la Ley de Irrigación en 1901 y la Tarifa Dingley (1897), la cual demandaba mano de obra barata para los campos de cultivo que se extendían desde Texas hasta California. En 1910, los movimientos migratorios fueron a causa de los rigores de la revolución mexicana en donde se encontraban, por primera vez, personas de clase media y alta. La situación caótica en México coincidió con la etapa de bonanza en el suroeste norteamericano. A pesar de, la desestabilización económica y social que se dio por su llegada, intensificó los prejuicios angloamericanos y logró el cisma entre mexicanos y chicanos. Estos optaron como medida de defensa el alejarse y negar su ascendencia. Formándose dos barrios con diferencias de lenguaje y costumbres.
En 1916 se estableció una ley en la que se cobraba 8 dólares por cada inmigrante, a demás de que se exigía que supieran leer y escribir. Dicha ley fue violada por los mismos granjeros que exigían su mano de obra.
En 1917, Estados Unidos entró a la guerra. Miles de hombres temieron por su vida y evitaron ser enviados a los campos de batalla, prefiriendo regresar a su pueblo natal. El que los jóvenes abandonaran la región para incorporarse al ejército obligó a que agricultores, comerciantes y compañías ferrocarrileras pidieran auxilio al gobierno, quien anunció la reapertura de la frontera a todos los mexicanos quienes fueron acusados, por la gente del suroeste, de ser proalemanes, convirtiéndolos en el principal "chivo expiatorio" de los males económicos y sociales de su país. Para protegerse fundaron la Agrupación Protectora Mexicana y la Unión de Jornaleros. Durante esta década, llegaron al medio oeste: Chicago, Indiana y Ohio. Terminada la guerra, los soldados exigían sus empleos anteriores, brotando así, grupos antimexicanos en varias ciudades del suroeste.
En 1924, la Ley de Cuotas, que abatía la entrada de europeos y asiáticos, favoreció a los mexicanos, pues la agricultura del Valle Imperial en California, que estaba en expansión, postuló a los peones mexicanos como una necesidad vital. Paradójicamente, los granjeros del suroeste, reconocieron que no habría norteamericano que aceptara la carga de trabajo y el sueldo que ofrecían.
Para 1925, Los Ángeles, tenían el mayor número de mexicanos después de la ciudad de México. La mayoría eran trabajadores pobres y segregados en barrios exclusivos de mexicanos. La discriminación los mantuvo congregados, tanto que fueron acusados por los norteamericanos de "causar la desintegración de sus valores" (Moyano y Baez, p. 178).
Durante la Gran Depresión, disminuyó el número de inmigrantes significativamente. La enorme necesidad de mano de obra, que se registró durante la segunda guerra mundial, obligó a ambos gobiernos a entrar en negociaciones. El gobierno mexicano reglamentó la salida de sus connacionales, el salario que recibirían y las condiciones en que vivirían. Sin embargo, los norteamericanos seguían sin aceptarlos. En algunos sitios eran segregados con los negros y, como resultado de los incidentes entre chicanos y mexicanos, fueron estereotipados como crueles y asesinos, sufriendo con esto racismo y arbitrariedades. A pesar de la falta de interés del mexicano en la escolarización de sus hijos, tenían un periódico titulado La Opinión. Lograron filtrarse a Hollywood con actores como Ramón Navarro, Dolores del Río y Gilbert Roland. Su música había sido aceptada como parte del suroeste y en la Asociación LULAC.
En los cincuenta, el gobierno mexicano envió patrullas especiales para que su gente no emigrara, existiendo así, numerosos incidentes sangrientos. Al termino de la guerra de Corea, los trabajadores mexicanos, volvieron a estorbar, lo que obligo a que los deportaran bajo la llamada Operación Espalda Mojada (Martínez, 1990, p. 80), por lo que toda persona de tez morena, en el sureste, debía cargar consigo sus documentos.
En los sesenta, tras el descubrimiento de la pobreza en Estados Unidos, los chicanos tuvieron cientos de oportunidades. Aún cuando fue particularmente la década de los negros, se abrieron puertas a otras minorías. Los chicanos se organizaron. La frase "el café es un bello color" (Grant, p. 94), se convirtió en su slogan. A base de presiones obtuvieron incremento en las admisiones a universidades y programas de estudios para chicanos. César Chávez, generó boicots y manifestaciones entre los recolectores de uvas en Delano, California. Reyes López Tijerina en Nuevo México y Cory González en Texas.
En 1967 se logró que muchos de ellos entraran en las universidades. Organizaron la Asociación de Estudiantes Mexicano-Americanos y la de Estudiantes Unidos Mexicoamericanos. Luis Valdez con su compañía "Teatro Campesino", ayudó al proceso de concientización del mundo chicano. Para tal efecto, se compusieron corridos, dramas, artículos, poemas, se pintaron murales, se organizaron comunidades y manifestaciones. En 1967, los mexicoamericanos adoptaron el nombre de "chicanos".
En 1972, Peter Rodino, diputado de Nueva Jersey, presentó una iniciativa de ley para conseguir la disminución de la inmigración indocumentada. Fue hasta 1977 cuando el diputado demócrata por Pensilvania, Joshua Elberg, la hizo valer, además de que pidió amnistía para los trabajadores indocumentados que hubieran residido 5 años en Estados Unidos y que no hubieran sido una carga pública. Obviamente, los chicanos se opusieron a esta medida pero no lograron gran cosa, ya que en 1986 se revisó la ley y se generó una nueva, la Ley para la Reforma y Control de la Inmigración. El problema de las nuevas inmigraciones está en que cada día se incrementa el número de personas preparadas, profesionistas, científicos, empresarios, académicos, técnicos y artistas que huyen de su tierra por reconquistar el mundo, en el suroeste, hay comunidades donde son bien aceptados, pero ¿en el resto qué?

El mundo asechado por los forjadores del mundo. Hombres extraviados y diluidos por hombres mismos. Tribus perdidas que esconden lo poco que queda de ellas de los ojos del hombre blanco. Hombres que dejan ver lo poco que no pertenece a los antepasados. Hombres que sólo tientan para no comprimir con sus manos la historia. Hombres que no gritan, sino que huyen como gigantes; en silencio, danzando hasta el punto mismo que en un principio los vio partir.
Esta es la poca historia que se conoce de los hombres-ruina, que forjaron alguna vez el gran tótem (Carranza, 1992, p. 69) que fue la América septentrional. Estos son los restos, quizá tan sólo nombres, de las razas indias y pieles rojas que alguna vez integraron más de dos mil tribus. Estos son los ecos de la historia. Los nombres y su Adiós.
Algonquinos es el nombre que recibe una cantidad enorme de tribus indígenas relacionadas entre sí, cuya nación era conocida como chipeuias. Los Apaches por su parte, abandonaron hace más de mil años las regiones subárticas de Norteamérica occidental, desplazándose hacia el sur y hacia el este, donde desarrollaron las actividades agrícolas, pecuarias y comerciales. Los Comanches, también conocidos como los "señores de las praderas" (Ortuno, 1983, p. 1350), procedían de Oklahoma. Sin embargo, su condición de nómadas lo hizo extenderse desde el río Arkansas por el norte hasta Nuevo México al oeste, penetrando hasta el interior de Texas. Los Hopi, abarcaban la región del Gran Cañón y los montes de San Francisco. Los Iroqueses, vivían en Canadá y Estados Unidos en lo que actualmente es Nueva York. Los Navajos, llegados al suroeste norteamericano desde el interior del Canadá, fueron entrando en contacto con otros indios que ejercieron diversas influencias sobre ellos. Los Semiolas, pueblo aborigen de la cuenca del Misisipí, ocupaban la costa septentrional del golfo de México, las dos orillas del Misisipí hasta su confluencia en Ohio, la Florida y las costas del océano Atlántico hasta Savannah. En la actualidad, forman parte de los grupos aborígenes que el gobierno de los Estados Unidos ha establecido como territorios indios, al norte de Texas, entre el Arkansas y el río Rojo.
De igual forma aparecen los nombres de las tribus Siux, Manito, Michabo, Atabascos, Onondaga, Séneka, Crik, Dakotas, Pawnee, Chinook, Haida de Colombia Británica, los Maidus de California, los Pericues, los Zuñi y los Blackfeet. Los Cherokis, residían en la cuenca del Appomatox, hasta que fueron rechazados por los blanco y obligados a emigrar a la región de los Apalaches del Sur, donde extendieron su territorio hasta Ohio, ocupando Kentucky, Tenesí, las Carolinas y Georgia.
Esta es la poca historia de miles de pobladores y cientos de tribus. El odio y el repudio por una creencia, un color de piel o una mitología distinta a los paradigmas dogmáticos del viajero occidental. Esta es la paradoja de la historia. Hombres fuertes que son desplazados por el débil. Hombres que prefieren refugiarse a compartir un mundo imposible de concebirse diluido.
Así fue como llegaron de oriente los hombres y reprimieron las esperanzas de los dueños de esas tierras. Acabaron con las voces de los mismos invasores e intentaron edificar una nación donde nadie tuviera que andar disperso, y ese fue su error.
La maldición de las especies, aclara la imposibilidad de convivencia. Cientos de luchas por voz y territorio han acabado con las culturas. La falsa fusión generó el vacío de las costumbres y las presiones dejaron mudas a las tribus. La confusión de los lenguajes ha sido más patente en este siglo, cuando las minorías lucharon por lo suyo.
Por siglos, los hombres guardaron silencio y cuando intentaron reconstruir palabras, no se entendían los unos a los otros. La confusión y el desencanto los dispersó por la tierra y cesó con esto la construcción de la nación.
El barullo se dejó sentir, y así, en medio del desajuste cada cultura emprendió una nueva empresa: la reconstrucción del mundo. La narración perdida de los años de silencio. La descripción exacta de la tierra prometida, esa América anónima aún para sus constructores; los guardianes del secreto, los que yacen bajo un mismo sol, abren sus bocas y cierran el ciclo, forjando con sus letras el alma y la conciencia de la gran nación. La nación de naciones. La Babel de papel que se extiende bajo el Jardín del Mundo, donde la Naturaleza ha creado un nuevo hombre, "inocente como Adán" (Skard, 1965, p. 92).


1.7 La historia después de la historia. Crítica, reencuentro y ardor.
Historia después de la historia, la historia detiene a la historia. ¿Qué hay detrás de la modernidad sino vacío? Apocalipsis, reencuentro... verdad.
Pues bien, ahí nos vemos, parados en el camino. En un árido y posatómico camino lleno de cruces y señales, carcomido, asfáltico, detenido en el tiempo... fantasma.
Arquitecturas preciosas y milenarias, contrastantes con altos rascacielos y camiones de bomberos circulando en cámara lenta, como lo hicieran las esporas en el desierto, nos marcan la pauta del navegar entre yunkies escarbando en botes de basura e iguanas, hombres y cibernoides montando performance, mientras uno de ellos se hilvana los ojos y la boca, y otro, devora la iguana.
Desde este lado del rabo del ojo, el mundo es una llaga infectada con sobredosis de parejas de homosexuales conviviendo en parques con alcohólicos y prostitutas en un mitin ecologista. Pequeña Sodoma glaseada de historias arrastradas y fragmentadas.
¡Que "la nueva Edad Media nos ampare"! (Espinosa Proa, 1992, p. 28) mientras Sésamo se abre y muestra las curvas de la caverna: ligaduras oscuras y desgarradas, cabezas que no piensan en otra cosa más que seguir o dejar de estar.
Por lo que vemos y oímos el fin no está lejos. Se encuentra en la misma palabra. En el prefijo y lo que connota. En lo que viene después y se encuentra limitado por esencia; en esa extraña combinación entre modernidad y primitivismo; en lo abandonado y sin probarse; en el rescatar lo antiguo por "no existir nada más avant garde que la reintroducción" (Mizrach, 1992); en el "post". Eso es y no hay más. La propuesta es clara y firme. Los tiempos se han terminado. Los vocablos experimentan el limite de las flexiones. Los conceptos se desintegran. La moral no es única, ni universal. La ética se subjetivisa y las percepciones se fragmentan. Todo es un cuadro amorfo, absurdo, intertextual y de múltiples lecturas, un espacio del que, lamentablemente, no disponemos.
Se abre la conciencia histórica y el camino aquel se dispone a recibir a extraños demonios y ángeles que habitan en nuestras mentes. ¿La razón principal?, acoger la violencia y transformarla en éxtasis.
Una extraña titularidad informática-periodística infecta la escena de disturbios, crímenes, asesinatos, accidentes, violaciones, políticas internacionales colapsadas y libertadas aplacadas con la antagónica consigna "derecho a la vida", "pena de muerte" en nombre de Dios.
Hoy día, el culto al odio ("Oi"10
*) (Goldstein, 1992, p. 4), la sobrecarga tecnológica, el sexo impersonal, la autodestrucción, las drogas, la violencia, la enajenación, la psicosis, la obsesión, la entropía, la muerte del alma y las economías derrumbadas, son los iconos blindados y traumáticos del nirvana pulverizado. Véanlos bien porque algo me dice que, por triste que sean, no nos hemos equivocado.
Y así es. He aquí, los pecados contemporáneos; he aquí el resultado de la revolución moral, social, física y mental de los sesenta; he aquí el hongo expansible de las heridas sangrantes del punk; he aquí la ultima gota de sangre del silencio minimalista; he aquí los restos de los ecos de las culturas perdidas y buscantes de una Norteamérica multiracial; he aquí el querer regresar al origen, al vientre materno de un éter etílico y endemoniado; he aquí el Apocalipsis personal; he aquí un mundo sumergido en la sequía tecnológica y el concreto cerebral; he aquí el último de los combates; he aquí el fin de la ideología, del arte y las clases sociales; he aquí la posmodernidad (Jameson, 1991, p. 9).
La tierra de nadie se muestra ante nosotros. La razón y la pesadilla están presentes en las luces incandescentes de la publicidad cegadora; la pornografía, el voyeurismo y la insatisfacción son la esencia de la ciencia del acontecimiento. Ha muerto el afecto. El sufrimiento y la mutilación son el ideal del amor. La pasión creadora es posibilidad ilimitada de aislamiento, introspección y alienación del individuo. El pesimismo, la sofisticación, la producción masiva, la culpa y la ingenuidad se muestran ante la mente como la única posibilidad dialéctica en un tiempo suspendido sobre su eje, ya que "la clave del presente está en el futuro" (Ballard, 1992, p. 9). Y el futuro, señores, alguien me ha dicho que ya no nos pudo rebasar.
¡Oh Gran Hiroshima! tú que diste pie a la mutación nuclear, gracias por acabar con el futuro al darnos un presente insaciable. Gracias por fomentar la producción en masa y hacer de la publicidad una rama de la política. Gracias por erotizar nuestras pantallas y sembrar el virus revolucionario de la destrucción: la locura. La locura que ha dado pie a las vanguardias, una locura que permite romper con lo establecido y hacer del futuro una premonición catastrófica, redentora y finitiva. Una locura que se torna decadente al popularizarse; una locura que desvanece las fronteras entre la cultura elitista y la de masa; una locura que plantea categorías y da forma a la industria cultural; una locura enunciada en la industria y su consecuencias, en el consumo y sus denuncias, en su generalización y simpleza; en su advenimiento como la teoría de la razón criticada; en ser considerada la esencia de la posmodernidad.
¡Oh bendita posmodernidad que te abriste camino entre los restos de la cultura! Tú señora de las plagas y la podredumbre, grande seas por maldita y redentora, por ser la causa y el motivo de los cambios y las rupturas. De las desintegraciones y los desvanecimientos culturales. Grande seas por romper el limen que cubría la mente de los artistas y hacer de este mundo un sitio peor de infernal que el mismo espectro del demonio.
En pocas palabras esta decadencia y devenir es lo que nos negamos a creer, un complejo histórico-político-socio-cultural, en el que el todo envuelve a las partes, y las partes rebasan al todo. El sistema de sistemas. Un mecanismo expuesto al tiempo y a su permanencia. Una paradoja que se resumen entre otras cosas, en literatura y otras artes, como: innovación formal (en un mundo de posibilidades agotadas); preocupación por la estructura y el lenguaje (cuando el sistema es todo y nada); agudo sentido por la parodia y la ironía (el minimalismo y su silencio son alarma de que el individuo se está desintegrando de tanto pensar); predominio del juego intelectualizado, de la fantasía y de la intertextualización (la vida es un libro abierto, sólo faltan lectores) (Riera, 1988, p. 5).
Como vieron y verán, así es todo esto: un discurso fragmentado, irónico, vacío, multiracial, místico y no apto para mentes ligeras, además de ser en parte absurdo, en parte reflexión axiomática Zen.
Por lo visto así es y así seguirá manifestándose, como un cúmulo de sentencias desperdigadas a la buena de Dios, (si es que todavía existe en estos horizontes), en un mundo desolador que espera recuperar la bendición de los profetas por malditos que sean. Así que....
¡Cierren las puertas señores!, pues el paisaje degradado, horrendo, kitsch, de las series televisivas; de las fotonovelas y los "healt magazines"; de la promiscuidad publicitaria y los moteles; de los fanzines y los comics; está por colarse en vuestras vidas. De ahora en adelante prepárense a ver escenas repugnantes, inmorales, subversivas y antisociales como lo clásico; adopten como pauta cultural lo oscuro, lo escandaloso y lo disonante. Acostumbren sus sentidos a la innovación y a la experimentación estética, pues una urgencia económica de olas está por caer.
No me miren, lo digo en serio. Apresúrense a adoptar la sangre, la muerte, la tortura y el horror, como el sentido de las expresiones, pues de lo contrario esta cultura de la imagen y el simulacro harán de su historia una "estructura esquizofrénica" (Jameson, 1991, p. 21) difícil de recuperar.

8 comentarios:

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